sábado, 29 de noviembre de 2025

Aparentando logros...

 

La evidencia de los aprendizajes está obligada a exhibirse en una fecha celebratoria denominada "día del logro". 

A simple vista, un acto celebratorio con invitación a la comunidad educativa para espectar lo que se enseña y aprende en la escuela. Y, en el cual, el estudiante debe hacer gala de todo cuanto ha desarrollado y logrado en las diversas áreas curriculares y ciclos y/o grados y niveles de estudio. 

Sin embargo, anterior a este "día del logro" no había obligatoriedad ni necesidad del mismo. Tal vez sea porque dicha evidencia estaba en los resultados inscritos en "la libreta de notas" o, evidentemente, en los propios cambios progresivos de la conducta y el comportamiento del estudiante como reflejo de sus aprendizajes. Pero, y valga la redundancia, "evidentemente" no visto así por el modelo pedagógico que hoy busca recalcar "evidencia" para validar su vigencia.

Han transcurrido más de dos décadas desde la imposición de ese modelo pedagógico bastante ajado y hasta deslucido, no solo por haber sufrido más reveses que avances, sino por propia ironía de su falta de evidencias de logros desde su aparición. Caso contrario, otra fuera la realidad educativa de las escuelas públicas; es decir, prósperas y trascendentes. 

Todo empezó mal con la imposición y la inconsulta al profesorado. Seguido, del despropósito de declarar obsoleto y caduco al modelo anterior (llámesele tradicional). Para luego, someter y ceñir el desempeño docente solo a lo que dispongan "las nuevas reglas" del nuevo modelo entrado en vigencia. Finalmente, sin advertirse la desorientación pedagógica que se fue acarreando, no solo por lo súbito y sorpresivo de obligar a detonar dinamita para demoler una edificación (hablando en metáfora sobre el modelo tradicional) con el propósito de eliminar dicha edificación hasta retrotraerla a un estado de "terreno plano" para asentar otra nueva construcción (el impositivo nuevo modelo), sino porque al profesorado se le obligó a participar de la demolición, pero sin antes participar de la construcción de la nueva propuesta, pese a ser los especialistas.

Hoy en día, la evidencia del "día del logro" es que revela una dramática realidad que bien podría sintetizarse en el hecho de que la escuela no educa, sino aparenta educar. Y, esto ocurre porque el modelo pedagógico vigente se ha distorsionado en una componenda de inexactitudes, malas creencias y hasta contradicciones pedagógicas en la práctica escolar. Ahí, está el hecho de premiar toda participación sin destacar el mayor esfuerzo y dedicación o la excelencia, creyendo con ello no afectar la autoestima individual o valorar la inclusión. También, están las celebraciones, festejos, ferias y demás, motivadas incluso hasta por cualquier ocurrencia de momento o por moda impuesta, y obligada ya sea por la autoridad educativa de gestión local o la escuela misma. Lo que viene saturando la calendarización escolar, pretextando sentido pedagógico a todo y generando afectación al bolsillo de los padres de familia. De la misma manera, y siendo un claro ejemplo el propio "día del logro", predominando el aprendizaje memorístico, pese a su rechazo proclamado, y visto lo significativo - al parecer - solo bien redactado en el papel de una programación.

De a poco, pero repetitivamente, la escuela pública se está debiendo más a la tarea y ejercicio de quehaceres circunstanciales, suplementarios y episódicos, y no a su exclusividad, particularidad y tradición por la enseñanza de los aprendizajes básicos; esos mismos que se constituyen como lo elemental y primordial del "saber, "hacer" y "ser" de todo y/o cualquier niño o adolescente transitando por el sistema escolar peruano. Pero, parece que la imposición y la obligatoriedad han hecho que la escuela pública haya preferido sumirse a hacer solo lo que se le ordena y le atemorice no cumplir con lo ordenado. Aunque, en muchos de los casos, hay quienes prefieren "evitar la fatiga", respaldados en el hecho de su condición de "personal nombrado" en el sector. Lo que conlleva a estimar que, muy aparte del modelo pedagógico, son los propios docentes quienes promocionan esa desorientación pedagógica, limitando y desgastando su tarea exclusiva, particular y tradicional a un estilo recurrente de "correr", "obviar", "saltar" y hasta encargar a terceros (padres de familia), no solo la enseñanza de aprendizajes justamente elementales y primordiales, sino devaluando su especialización docente.

La escuela pública requiere mostrar sus logros, pero solo habrán verdaderos logros cuando denote haber reorientado y retomado su tarea a la exclusividad, particularidad y tradición de los aprendizajes básicos. No es volver atrás. Es rescatar en parte todo la tarea bien hecha en el pasado para actualizarla y hacerla convivir con las propuestas del presente, y así la tarea traiga consigo reales y consistentes logros básicos de aprendizajes. Mientras ello no acontezca, es posible que ni las celebraciones del "día del logro" sirva más como propaganda Y, dígase propaganda, porque de eso se trata, ya que en gran parte la imposición del nuevo modelo pedagógico fue propiciado por quienes sostienen y ven a la escuela como "empresa". Y, desde esa óptica, lo que hace una empresa es comercializar su producto o servicio, siendo la propaganda y/o publicidad su mejor estrategia para atraer y satisfacer a la mayor clientela y/o consumidor posible. Sin embargo, y vista la realidad de lo que acontece con los resultados desfavorables de la educación básica escolar pública, habría también que advertir que cuando la calidad del producto o servicio es malo, su publicidad o propaganda es engañosa o falsa. Entonces, y lejos de entrar en un debate de posiciones y/o visión empresarial y no empresarial, de lo que aquí se trataría es de revalorar la tarea sobre los aprendizajes básicos, y para ello se requiere recuperar la autonomía de la escuela para replantear la propuesta sobre qué, cuánto y cómo "saber", "hacer" y "ser". De modo tal, que se deje de aparentar logros donde verdaderamente hay ausencias, debilidades y fracasos.        

                      

               


                                       

                          

lunes, 8 de septiembre de 2025

UNA MIRADA HACIA EL DESEMPEÑO DOCENTE

 

Existe normativamente un marco del buen desempeño docente, así como un conjunto de rúbricas de evaluación; habiendo incluso, en práctica, otros instrumentos y hasta programas de acompañamiento para asistir y auxiliar la labor del profesor. Pero, igual y sorprendentemente, persistiendo una triste realidad educativa, basada en una constante de resultados negativos y desfavorables, no solo describiendo el empobrecimiento de aprendizajes, sino una inquietante conducta y comportamiento de la comunidad educativa. Todo ello, haciendo ver que la escuela pública transita en un letargo, inercia e intrascendencia educativa.

Han transcurrido más de dos décadas desde que cambiara la política educativa e hiciera su aparición un modelo pedagógico inconsulto al profesorado y, principalmente, fustigando “caducidad” del modelo anterior, creyendo de ese modo que no iba a ser rechazada su imposición porque de por medio estaba la “actualización”, “modernización” y “vanguardismo” de la educación pública escolar. Sin embargo, poco o nada ha conquistado en cuanto a éxitos, apoderamientos o victorias de auténticos y sólidos aprendizajes, ya que hasta la fecha no le es reconocido ni destacado todo aquello al común de las escuelas públicas.

Referir el término “escuela” no es impersonal o indeterminado. Incluye a la política educativa y selecciona a los agentes nucleares que la instituyen como tal: profesores, aprendices y padres de familia. Y, en su extensión nominal, comprendiendo también a directores, subdirectores, auxiliares y demás posibles miembros de la comunidad educativa. Por lo que, frente a una escuela con resultados negativos y desfavorables, corresponde mirar hacia la política y a los agentes de la educación.

En el panorama escolar, el profesor o docente es a quien se le encarga la tarea de educar, el aprendiz es a quien se educa y el padre de familia es quien acompaña – tanto al profesor como al aprendiz – en el proceso de educar. Mientras, que la política educativa es el conjunto de decisiones formalizadas – entre tanto – la adopción de un sistema o modelo pedagógico del cual se desprenden un diseño base de proyectos y programas, cuya ley, norma y/o reglamento, prescriben deben ser adecuados a la identidad y realidad de cada escuela y/o comunidad educativa.

Ahora bien, apartando a los aprendices de ese panorama escolar, ya que – cuanto buena o mala sea la educación – son ellos la evidencia propia y resultante de la misma, entonces hay que virar la mirada hacia el desempeño docente, a la participación del padre de familia y, sin duda alguna, a la política educativa. Pero, mirar tanto al desempeño docente como a la participación del padre de familia, exige antes mirar hacia la política educativa, porque definitivamente “desempeño” y “participación” son dependientes de las decisiones políticas del sector educación y del gobierno de turno, en sí.

Por política educativa, y desde hace más de dos décadas, la escuela sigue sosteniendo un modelo pedagógico basado en el desarrollo y alcance de competencias. Lo que se sigue leyendo y oyendo expansivo y venturoso, pero en considerable discrepancia con la realidad de las escuelas públicas, ya que hasta el momento no dan cuenta ni pruebas de que en el presente se educa más y mejor que en el pasado reciente.

¿Qué está pasando?

Pasa que, justamente desde ese tiempo hasta hoy, no quiere advertirse la desorientación pedagógica de origen e iniciada con el cambio del modelo pedagógico – avalada incluso por los propios estamentos del sector educación – y que discurre a razón del qué, cuánto y cómo fuera impuesto mediante el forzado y mal recordado Plan Nacional de Capacitación Docente – PLANCAD en el año 2000; no conllevando exactamente a la apertura y buenas expectativas del cambio, sino a la obligación del profesor de claudicar ante una inapelable “nueva” pedagogía.

Desde ahí, se ha ido tejiendo una maraña – llámesele así por su sentido de enredo – de todo un repertorio de vocablos y enunciados pedagógicos, que obligadamente el profesor debe parafrasear en el papel, aunque la paráfrasis poco importe en la práctica de su jornada en las aulas. Como consecuencia, se han afiliado, a la desorientación pedagógica, la usanza de episodios y sucesos de práctica escolar en disparidad pedagógica con el modelo implantado, no solo replicadas en el común de las escuelas públicas, sino inadvertidas de su error, tal vez por efecto de la imposición.

Incumbe al profesor opinar al respecto, y con la misma elevar su protesta y demanda por corresponder al caso, pero todo parece que el hecho de obligársele a hacer lo que presume hacerlo bien, lo ha empujado a malacostumbrarse a cumplir su tarea sin convencimiento ni sentido; aunque ello le implique devaluar hasta su propio desempeño docente.

A todo mentado profesor se le conjetura naturaleza y vocación – llámesele ejes de la calidad de su desempeño docente – sobre el que engranan el talante, la condición y la humanidad, para el caso del eje de la naturaleza; e igualmente, la predisposición, el gusto y la voluntad, para el de la vocación. Lo que se constata cuando el desempeño es oportuno, provechoso y entretenido por la transmisión de la potencia de tales impulsores; por ende, el profesor educa bajo convencimiento y con sentido de lo que hace y se le encarga.

Contrario a ello, estaría el hecho de quien ciñe su desempeño a la simpleza de cumplir porque “le toca”, “lo dice la norma”, “miedo a la sanción”, “para qué más” o “no me pagan para eso”, doblegando de ese modo, tanto la naturaleza como la vocación, de la que presume cualquier profesor. En consecuencia, simulando un buen desempeño docente o siendo evidentemente malo. Además, de dar por sabido que mucho de lo malo, que se le atañe a la educación escolar, también sería por causa de la baja calidad del desempeño docente. Comprendiendo la actitud de la persona, antes que el título de profesor. Seguido del nivel de capacitación profesional e, incluso, el grado de compromiso frente al encargo de educar. Y ocurre, que cuando la labor se “cumple por cumplir”, la actitud es negativa y desvinculada, la capacitación profesional es mediocre y el compromiso falto. Sin transformación ni trascendencia, desdibujando la conjetura de su naturaleza y vocación docente. En resumen, pudiendo ocurrir que todo lo posible bueno se haga mal y lo malo hasta peor.

Este es un aspecto importante que toda política educativa debe saber resolver antes de cualquier propuesta de cambio sobre la práctica pedagógica del profesor. Pero, resuelta en consulta con el mismo. No sin su opinión. Ya que la imposición de lo posible desconocido – dígase por la inconsulta – podría resultar contraria a la obligación y el mejor argumento para quien poco o nada entiende de la misma.                          

¿Qué hacer?

A modo de propuesta...

Primero, asumir cada quien en su escuela que el desempeño docente simula ser bueno. En el peor de los casos, malo. Sino otra fuera la realidad de los resultados de aprendizaje en el común de las escuelas públicas. Ello, a modo del  mea culpa y la reflexión al respecto, sin generar el reproche sino alentar la disposición y la imperiosa necesidad del propósito de reorientación pedagógica, pudiendo titularse: “El Plan de Mejora del Quehacer Educativo en mi Escuela”.

Segundo, demandar el amparo de la autonomía institucional ante su propio sector. Ello, para sosegar a la misma sobre cualquier posible e imperioso ímpetu de actos o disposiciones en contra del propósito de mejora a emprender. Y, por el contrario, apoyar la iniciativa de mejora.    

Tercero, seleccionar y formar un equipo de trabajo multidisciplinario integrado por los más destacados miembros de su comunidad educativa, cuya primera y principal tarea es observar, desde su propia óptica, condición y espacio, cuáles son los episodios o sucesos de accionar pedagógico acontecidos en su escuela pudiendo ser identificados, tanto en evidencia clara como posible dudosa contradicción, con la cuestión y/o asunto de la pedagogía basada en el logro o alcance de competencias. Igualmente, reconocer en qué medida están involucrados negativa o positivamente la actitud y el compromiso de las personas adultas como tal, así como la capacitación de los miembros de su comunidad educativa.

Cuarto, proponer las alternativas de reorientación (cambiar, quitar, agregar, resumir, aclarar, resaltar y/o corregir) sobre los posibles mal entendidos soportes de su accionar pedagógico que estuvieran en contradicción o solamente simulación de logros de aprendizajes.

Quinto, en este punto, y teniendo lo “identificado” y el “hacer”, ser didáctico en la elaboración de una propuesta estructural o esquemática del plan, la misma que hilvane los aspectos a tratar en un orden y secuencia, pero sin detalles ni desarrollo porque de lo que se trata es construir un plan de mejora, no solo con el aporte y opinión del docente o la comunidad educativa, sino real y cercano a las necesidades.

Sexto, oficializar internamente el término de la construcción del “Plan de Mejora del Quehacer Educativo de mi Escuela” para su respectivo alcance a la comunidad educativa, autocapacitación del personal docente y aplicación en las aulas.

      

                  

 

               

          

 

 

         


jueves, 14 de agosto de 2025

VALORES RELEGADOS por Edgar Andrés Cuya Morales

 

La imagen adscrita al contenido de la presente es una ocasional escena – capturada con la cámara de mi celular – que no debe pasar inadvertida porque describe un claro ejemplo del sitial relegado de los valores hoy en día.

Quizá, algunos digan que la cosa no es para tanto. A otros, quizá, no les parezca ajustarse a su realidad. Y, tal vez, haya demás posibles objeciones a la realidad expuesta. Pero, por más que se pretenda negar la realidad, no cabe duda andar desbordadas las excesivas y lamentables demostraciones que nos describe como una sociedad conviviendo bajo el régimen de “la ley de la Selva”. Al respecto, hago notar que al año 2025, si bien podemos hallarnos sorprendidos y maravillados con tanto avance y adelanto tecnológico, también no podemos ignorar que estamos siendo sujetos, y hasta cómplices, de una reversión o retroceso evolutivo sobre la conducta y comportamiento humano que no correspondería a este tiempo de evolución. Siendo una sociedad bajo el imperio del mal ejemplo, no solo deteriorando las buenas costumbres y hábitos, sino exhibiéndose con mayor y harta frecuencia, y sin el menor reparo posible, entre el común de las gentes y hasta entre quienes ocasional y desgraciadamente anduvieron y andan de turno como autoridades máximas de este país.

Conforme ha evolucionado el hombre, le han asistido una serie de espontaneidades de naturaleza social, las mismas que cuentan haber regido oficiosamente, y desde el principio, su comportamiento y conducta individual dentro o fuera de los posibles espacios formalizados o no formalizados de socialización. Además, tales espontaneidades habiendo sido connaturalmente aprobadas y cumplidas, no solo con el hecho propio del paso del tiempo en una convivencia armoniosa, sino por la consiguiente satisfacción del progreso y desarrollo durante el transcurso de su historia y evolución.  

A esas espontaneidades de naturaleza social indudablemente le ha sido correspondida una valoración por su funcionalidad inherente, para casi de inmediato otorgarle la denominación de “valor”. Con ella, una exposición de ideas o conceptos que han solventado su descripción, agrupación y clasificación por cuanto se han ido sumando y enlistando como tales.

Los valores se transmiten e inculcan. Tienen su tiempo de aparición y punto de partida en el espacio familiar. Se aprenden traslativamente de generación en generación dentro de las llamadas buenas costumbres y sanos hábitos, constituyendo el común conjunto de aprendizajes distinguidos en cada uno de los ambientes familiares u hogares.

A ese punto de partida le continúa la escuela, la misma que a diferencia del ambiente familiar es distintiva por la formalidad y obligatoriedad de los aprendizajes – entre tantos los valores – de la educación básica escolar. La escolaridad está comprendida en una etapa regular de presencialidad; en consecuencia, con tiempos de larga convivencia del aprendiz con sus pares durante el transcurso en los diferentes niveles y ciclos de la educación escolar.  Siendo una práctica común y cotidiana la exposición y confrontación de valores que serán complementados y consolidados en función y atención con el objetivo de la sana convivencia y el logro de los aprendizajes planteados.

Seguidamente, y alcanzada la mayoría de edad a los 18 años – la misma que legalmente nos hace ciudadanos con decisión y voluntad propia – los valores son puestos a la palestra, bajo el supuesto de su consagración, esta vez para responder y atender las demandas de la convivencia en los nuevos y distintos espacios de socialización, y que en adelante serían propios del transcurso, despliegue y desarrollo de la vida del adulto en sí.         

Sin embargo, hoy vivimos una realidad distinta que no tiene ese color de rosa, sino está hecha una situación dolorosa, y por la misma, debiendo obligarnos a despertar el interés por atender la causa del quiebre o crac, ocurrido no hace mucho y que ha originado el inicio de un desprendimiento y relego de los valores. Sin duda alguna, no en quienes estuvieran enraizados, sino en esa mayoría de gentes en posición endeble, con conceptos desfigurados y tergiversando que “lo malo es bueno”, “lo insano es sano”, “no importa que robe, pero que haga obras” o “la excepción es la norma”.

Lejos de indagar sobre el momento de ese quiebre o crac, intentemos prestarles atención a los siguientes hechos o asuntos: la sobrevaloración del derecho puesto por encima de cualquier deber. La propia autodestrucción de los núcleos familiares. La inmediatez para darle cabida, en los medios televisivos y demás, a conductas y comportamientos aberrantes. El gran festejo colectivo por la mediocridad. El borrón y cuenta nueva hasta por la comisión de actos criminales. El chisme y el escándalo “facturan”. Una carrera pública magisterial abundante de profesores, pero carente de maestros. 5 presidentes de la República en prisión. El imperio de la ignorancia atrevida. Lo fácil y rápido para herir o manchar honras públicamente. La inclusión con exclusión. A más actividades escolares (con gastos y cuotas de pago) mejor la enseñanza. El día del logro escolar. La soga rompiéndose por el lado más débil, pero también usada para asfixiar al mismo. Sobones y felipillos por doquier. La escuela señalando culpas al hogar, y viceversa. Una currícula desdicha en su propia práctica escolar. El perdón convertido en impunidad para el pecador. La mentira como hábito común y corriente a todo nivel. Ciclistas, “scooteristas” y motorizados, circulando con descarada omisión al reglamento de tránsito. Advertir un problema te etiqueta de problemático. Ejercer la autoridad para que otros cumplan su deber te etiqueta de autoritario. Escuelas sin líderes pedagógicos. Obediencia casi ciega a un modelo pedagógico que hasta ahora no logra lo ofrecido en la propaganda. Modernidad administrativa y pedagógica sostenida del destierro de trascendentes y valoradas prácticas tradicionales. Se cumple por cumplir. Ausencia en “las escuelas de padres”. El uso de la memoria para aparentar ante un público haber aprendido. La autonomía de las instituciones educativas proclamadas en el papel, pero avasallada en la práctica por sus propios verdugos de la pedagogía. Etc.

Definitivamente, todo un caudal de insalubres, desproporcionadas, dañinas y preocupantes situaciones que atraviesan por un punto de causa común: FALTA DE EDUCACIÓN. No habiendo hasta el momento autoridad alguna interesada verdaderamente por la educación. Es más, hay quienes justifican tal desinterés con la excusa de que “educar es un plan con resultados a largo plazo”, optando por el maquillaje, la propaganda y las falsas promesas ante la urgencia educativa. Muchos no entienden. Otros, no quieren entender porque “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Si bien educar es un plan con resultados a largo plazo, lo que no entienden es que, si no se empieza hoy, este es un día más extendiendo o alargando ese plazo. Además, y en el preciso momento que “educar” sea una real y firme decisión de Estado, todos los aprendices no estarán en la fase inicial de su educación básica para decir que el plazo es largo, como tampoco los núcleos familiares.

Ojalá, haya quien lo haga, y no sea como pedirle peras al olmo. Se supone que cada 4 o 5 años tenemos la oportunidad de elegir a nuestros máximos representantes en el gobierno. Una oportunidad para no repetir las desgracias y desastres que pudieron haber hecho tantos y diversos malos y corruptos gobernantes. Sin embargo, no cabe duda de que segura, y nuevamente, aparecerán y reaparecerán estos siempre candidatos con el también discurso de siempre, ofreciendo justamente todo lo que les gusta oír a la mayoría de las gentes que no aprenden de lecciones, así los tengan maleducados, sin trabajo y con hambre.

- ¿Y qué le gusta oír a esa mayoría de tales gentes?

Pues, y como lo dice una añeja canción: “que traerán planes de todo tamaño y extensión. Que construirán casas hasta de 80 pisos. Que traerán a expertos en el cultivo del perejil. Que comprarán buques y aviones en pelotón. Que las carreteras correrán solas y las corvinas – sobre las olas – nadarán solas con su limón” (Parlamanía - del siempre recordado don Jorge Pérez, “El carreta”).

Es cierto que cada uno debe empezar por cambiar para juntos hacer el cambio, pero también es cierto que sin conciencia ciudadana y mal educados difícilmente una gran mayoría dará cuenta propia de sus carencias y defectos. Entonces, y nuevamente, la esperanza está cifrada en la elección de las próximas autoridades, debiéndonos detener, antes de actuar o “abrir por abrir la boca”, para pensar o buscar y escuchar a quien sabe, y así no volver a elegir, desde mamarrachos, faranduleros, barrenderos o mototaxistas hasta posibles profesionales, pero todos escasos de capacidad, criterio, honorabilidad y don de gente. Es urgente saber dónde andan aquellos buenos peruanos que viven modelando con el buen ejemplo y ejerciendo firmeza sobre las decisiones de cambio que parece nadie quiere advertir en este país.

Por solo dos valores podemos empezar a unirnos en recuperar: “Respeto” y “Responsabilidad”. Los demás, vienen o surgen por defecto.