miércoles, 3 de junio de 2026

"Sin cambios del cambio"

 

Desde hace más de dos décadas la pedagogía sufre una desorientación que, hasta la fecha, no le permite alinearse con el modelo pretendido. Ocasionando que los aprendizajes solo se aparenten en sus logros. Consigo, la conducta y el comportamiento se degenere, y ande vuelta una generalidad problemática por su ocurrencia recurrente en las escuelas; yendo, desde la simple desobediencia, seguido del abuso y culminando con la malcriadez. Sin descartarse las posibles agresiones verbales, psicológicas y hasta físicas. Lo que no parece alertar ni preocupar, pese a estar afectando, no solo la convivencia diaria entre estudiantes, sino entre estudiantes y maestros, padres e hijos y hasta padres y maestros.

Si bien, a la pedagogía anterior al año 2000 se le atañe errores, señalándosele – por ejemplo – el factor negativo y extremo del "memorismo", así como también de la amenaza y el miedo, actuando de condicionantes sobre “el aprovechamiento” (rendimiento académico) y “la conducta”, esa pedagogía no aparentaba logros, ni los mismos eran tan desastrosos porque – aún memorística y condicionante – educaba bajo imperio de la exigencia académica y la buena conducta de quienes se educaban bajo la anterior pedagogía de la educación básica escolar. 

Tal vez, y notoriamente hoy más que ayer, las familias son más disfuncionales en su orden estructural, y esa sea una de las posibles razones por la que las familias son menos formativas. Aunque, pudiendo también ser otra de las razones, ese pretexto de la falta de tiempo, por absorción del trabajo, que arguyen lo padres frente a su inasistencia en el acompañamiento formativo de sus menores hijos. Pero, aún esas y otras realidades similares hubiesen predominado anterior al año 2000, la pedagogía y los maestros de ese antes, podría decirse que eran mejor y mayor intencionados, porque su motivación vocacional de servicio, así como su autoridad educadora, estaban respaldadas por la misma sociedad, incluso a la hora de extender su labor hasta en el propio seno familiar de sus estudiantes que lo demandaban, e intervenir con la única y sana intención pedagógica de orientar, aleccionar, reflexionar, corregir y enmendar, posibles deficiencias o falencias parentales de formación. Más, si esas mismas actuaban en impedimento del desarrollo y progreso formativo y educativo de sus estudiantes. Lo que trajo enorme relevancia y reconocimiento a la escuela, por la labor docente, al ser considerada como "El Segundo Hogar".

Con ello, no se entienda que la mejor pedagogía fue la de ayer, y no la de hoy, sino que conforme los tiempos cambian y avanza, deberíamos cambiar y avanzar, también con este, la pedagogía de las escuelas públicas. De modo tal, que no se retraiga ni aplace su actualización. Sino mediante su atenta advertencia a la experiencia, el conocimiento y el contexto de la realidad pasada y presente, se recomponga para una mejor versión de la misma. Por eso, la mejor pedagogía no sería aquella sosegada o reposada en el pasado, sino la que se componga de una variedad y armonía de teorías de aprendizaje y psicológicas que pudieran concatenar todas juntas e indistintamente selectivas con las experiencias, los conocimientos y las realidades de ayer y hoy; y más, en estos tiempos de mayores cambios.

Por el contrario, la peor de las pedagogías sería aquella, no solo ajena a su advertencia sobre la experiencia, el conocimiento y el contexto de la realidad local y/o nacional, de cualquier ejercicio pedagógico anterior, sino la que además pudiera ser impuesta con radicalismo absoluto sobre cualquier otra. Porque está visto que ocasionaría una desorientación pedagógica. Por un lado, incapaz de desarraigar a los maestros de su ejercicio anterior. Y, por otro lado, capaz de generar el malentendido, la mescolanza y el desorden de ideas, conceptos, términos, criterios y demás posibles factores y componentes pedagógicos; es decir, un revoltijo, en el que fluctúan el malentendido de la impuesta pedagogía con el desarraigo del ejercicio de la pedagogía anterior. En consecuencia, produciéndose una realidad educativa con un accionar pedagógico desbaratando tiempos e intenciones pedagógicas, que bien pudieran leerse en el papel como interesantes y hasta prometedoras, pero que no resulta “significativo” para el logro de los aprendizajes. Siendo lo que viene ocurriendo con las escuelas públicas, sino hace bastante rato, estas darían cuenta de un apreciable, llamativo y elocuente, logros de aprendizaje, provenientes de una cierta y contundente ejercitación, desarrollo y potencialización de las habilidades, las destrezas, las aptitudes, las actitudes, las capacidades y las competencias de cada vez más niños y adolescentes educándose, a nivel nacional, bajo este modelo de pedagogía.

¿Qué hacer entonces para que se produzcan los cambios esperados?

Ningún problema será solucionable si no somos capaces de advertir conciencia sobre el mismo. 

Quiere decir que los profesores debemos empezar por dar cuenta que nos mantenemos sumidos en una desorientación pedagógica. La misma que se replica en un accionar pedagógico que nos hace creer “expertos” en el ejercicio y aplicación de un modelo pedagógico, que paradójicamente no lo hemos llegado a comprender del todo, y esto porque lo que se evidencia en la réplica es el aún arraigo con el accionar del modelo anterior, justamente, y toda vez, ocurriendo cuando no podemos descifrar cómo accionar con la propuesta de ese otro modelo pedagógico frente a las diferentes circunstancias y hasta situaciones problemáticas que traen propiamente consigo las experiencias de aprendizaje de los estudiantes. 

Lo que sí nos hemos vuelto es expertos en “el juego de palabras”. Pero, la pedagogía, no solo demanda usar, acomodar, agregar, cambiar o quitar, términos y oraciones, a la hora de verbalizar cualquier de las intenciones pedagógica en el papel – dígase la programación de sesiones, evaluaciones, proyectos, unidades, Etc. – sino descifrarlo en la práctica. Más, si la educación básica escolar en las escuelas públicas está urgida de un accionar pedagógico que deje de contradecirse a la hora poner en práctica cualesquiera de sus posibles buenas intenciones pedagógicas.  

 

 

                   

  

 

 


martes, 26 de mayo de 2026

"Mala nota por notas malas"

 

Anterior al año 2000, hubo aciertos y errores en el modelo pedagógico vigente durante ese tiempo. Pero, si se comparan los resultados del modelo anterior con los del modelo actual y vigente, y que lleva más de dos décadas en aplicación, bien calzaría la frase de que… “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

No cabe duda de que los tiempos cambian, y cambian con este hasta los modos de pensar, hacer y actuar. Debiendo entenderse como cambio a toda propuesta con fines de actualización, modernización, fortalecimiento, mejora, bienestar y progreso. 

Es como hace 26 años aconteció un cambio en la educación básica escolar, cuyos fines tal vez pudieron ser interesantes y beneficiosos, pero que empezara mal desde el preciso momento que se gestó su imposición, no solo habiendo obligado al profesor a cambiar de forma radical la forma, el modelo y/o el estilo, con el que venía educando a los estudiantes de la escuela pública, sino descalificando de obsoleto, caduco, desfasado, anticuado y arcaico, el modelo anterior. Lo que claramente también significó la descalificación de su trabajo, ya que estaba implícito el hecho de que los profesores no estaban educando bien, y consecuentemente, los estudiantes estaban siendo mal educados por los mismos.     

Sin embargo, las expectativas de modernidad y mejoras, contenidas en el impositivo cambio, no han ocurrido hasta la fecha. Y, dígase modernidad y mejoras, en esa alta consideración y elevado nivel, que estas mismas fueron presentadas y ofrecidas como propuesta de cambio. Siendo lo real, no solo el hecho de no querer advertirse justamente esa realidad, sino el hecho de la negación de estos, con esa increíble, pero cierta, credulidad de que en el presente educamos mejor que en el pasado. Pasa, entonces, que "la mala nota" del estudiante no es otra cosa que la consecuencia de "las notas malas" del profesor, negando su desorientación pedagógica.

La escuela pública – compréndase a sus autoridades, docentes y demás - debe entender que hoy en día ya no se puede educar como ayer, y que debe autoexigirse una “reorientación pedagógica”, no solo por el error inicial de la radicalidad del último cambio, sino porque a consecuencia de lo anterior, debe advertir que lo que se tiene compuesto como guía educativa es un modelo pedagógico “frankenstein” de ideas, términos y demás.      

Una escuela pública, “reorientada en su pedagogía”, educa sin "atemorizar" al estudiante con la mala nota. Exige esfuerzo, competencia y triunfo. Desinhibe cualesquiera de las habilidades expresivas y comunicativas, pero marca sus límites. No sobrevalora. No exagera. Aprovecha el tiempo. Califica no descalifica. Impone el deber de la misma forma que otorga el derecho. Está atenta al mínimo detalle de las experiencias pedagógicas y la convivencia escolar. Corrige y sabe llamar oportunamente al orden y atención. Es disciplinada. Da cuenta de su valoración al ser humano. Incluye todo su tiempo con los estudiantes como parte de sus experiencias pedagógicas. Está enterada de todo cuanto importa en el proceso de aprendizaje. Marca los límites de la conducta y el comportamiento porque también sabe enseñarlos y practicarlos. Sirve de modelo. Propone retos. No es complaciente sino desafiante y motivadora.        

Asimismo, la escuela pública debe entender que para que cualesquiera de sus acciones pedagógicas se condigan con su propuesta de estilo o modelo pedagógico, no solo se somete a su evaluación, seguimiento, control y supervisión, sino que se obliga a las exigencias de una constante y permanente adecuación, a través del uso de la imaginación, creatividad e innovación pedagógica, sobre sus métodos, técnicas, programas, insumos y materiales pedagógicos que vayan y/o puedan demostrar o "evidenciar" que sí educa, y no solo lo aparenta.

Entonces, que la mala nota no sea por las notas malas de la escuela...

 



    
                  




jueves, 7 de mayo de 2026

¿De tal palo tal astilla?

 

Después de nacer, iniciamos la experiencia de vinculación con el entorno. Siendo la imitación una de las diversas formas como aprende el cerebro, y de la que hacen gala las neuronas espejo.

Entonces, y conforme vamos vinculándonos y creciendo, aprendemos a imitar movimientos, gestos, señas, palabras y todo cuanto demás, pudieran constituir experiencias de aprendizajes. Lo que no quiere decir, que solamente aprendemos por capacidad de imitación, sino que imitar es una de las otras tantas habilidades y capacidades del aprendizaje.

Sin embargo, imitar no siempre es favorable. Ocurren las veces que es negativa, y esto pasa cuando el niño o niña no es oportunamente sujeto a pautas, orientación, aclaración y, sobre todo, límites – dígase durante el inicio y transcurso de su crecimiento – tornándose la imitación como la causa de una de las contrariedades de su aprendizaje y vinculación positiva con el entorno. Es decir, imitar puede implicar también que el niño o niña copie e imite, no solo todo eso simple y posible visto de malo e incorrecto, sino aquello no entendido ni sabido como tal porque nunca fue advertido en el conflicto cognitivo de sus experiencias de aprendizaje.  

No cabe duda de que cada uno es el producto de los genes del padre y la madre. Pero, la genética es también clara al discriminar entre la biología y el poder de la mente; entendiéndose a la mente como al cerebro en su capacidad, desarrollo y funcionamiento. Ese poder mental inicia con la vinculación del niño o niña con su primer entorno – llámesele “primer mundo” – y que comprende a la casa u hogar. Es el primer espacio donde se activan los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) en un entorno distinto al tiempo antes de nacer. Es el espacio, entonces, en el cual se suscitan las primeras experiencias de aprendizaje devenidas de todos los estímulos posibles que se generan en este. Por tanto, una de las razones por la que el acompañamiento y la atención de los padres sobre sus hijos recae en obligación primordial del rol formativo.

Cualquier niño o niña puede ser físicamente bastante parecido al padre o madre. Incluso, bastante parecido en algunos gestos o ademanes, pero nunca llegar a ser exactamente uno de ellos porque cada uno es tan igual como distinto a la vez. Más, si la neurociencia afirma que ningún cerebro humano es igual a otro, ni el mismo cerebro es igual de un tiempo a otro, justamente por el poder mental de cada uno. Lo que conlleva a entender que, si hubiera algo por aprender e imitar, debería ser lo positivo y no lo negativo.

He ahí donde resalta la debilidad de roles. La primera a cuenta del Estado, y otras a cuenta de los padres de familia y maestros de la escuela pública. Correspondiéndole al Estado, el haber propiciado en los padres de familia un malentendido sobre esa oportunidad de intervención y participación en la escuela. Del mismo modo, y a consecuencia del malentendido anterior, el haberse generado en los maestros otro malentendido, y que va de los extremos desde el temor hasta la indiferencia en el actuar de su rol formativo comprendido en la docencia.

El hogar y la escuela son espacios de desarrollo y crecimiento. Ambos espacios deben actuar en un sentido de dependencia y complemento para el logro de los aprendizajes. Es decir, donde actúen la informalidad y la formalidad, así como el derecho y el deber, pero no para generar contrariedad, sino balance e impulso para el entendimiento y comprensión del entorno; de modo tal, que el niño o niña se desenvuelva de la mejor manera posible en este. De ahí que deban ser menos los padres de familia con el malentendido, de que la oportunidad de intervención y participación en la escuela les resulta un poder para – con suma ligereza – recrimine, acuse, denuncie, maltrate y hasta menosprecie la profesionalización docente. Igualmente, debiendo ser menos quienes crean que “llevar a sus hijos a la escuela” es llevarlos a un lugar distracción o diversión, dejándolos a cargo de “cuidadores”. Asimismo, ser más quienes adviertan que sus hijos no pueden ser su imagen y semejanza, sino ser el niño o la niña con el entendido de lo que es bueno, sano, agradable, productivo, ordenado, disciplinado y respetuoso. Ello, sin temor a las posibles experiencias de aprender a serlo por incurrencia del error en la propia convivencia.

El tiempo, la edad, el crecimiento y el desarrollo en sí del poder mental, hace que el niño o niña deba transitar de su “primer mundo” a otro, donde aprenderá a vincularse con un siguiente entorno que es la escuela – llámesele “segundo mundo” – pero, al que llega con todo aquello – saberes previos – experimentado y aprendido en el primero. Es esa transición, da cuenta si el padre de familia ha cumplido oportuna, y bien hecho, con el rol formativo de sus hijos. Por consiguiente, no es qué tanto ni cómo deba actuar la escuela, al igual que en la casa u hogar, sino qué tanto habrá que fortalecer, complementar y/o corregir en el comportamiento y conducta del niño o niña en ese nuevo entorno donde su experiencia será, no solo la de aprender a convivir con otros niños tan iguales y distintos a él o ella, sino la de aprender hasta en entornos de sana competencia entre los mismos.

Transitar a ese otro entorno que es la escuela, implica una nueva experiencia de vida regida bajo la formalidad del deber y el derecho igualitario de quienes tienen la condición de aprendices. Por lo que la informalidad de la crianza en la casa u hogar está obligada a sujetarse a la formalidad de la escuela como a la del estilo educativo, debiendo los padres obligarse al compromiso de su participación en lo que vaya o pudiera corresponderles de acuerdo con la similitud como la particularidad de sus hijos frente a sus pares.

De tal palo tal astilla… siempre y cuando “el parecido” contribuya al desenvolvimiento común y armonioso durante el transcurso de las experiencias formales de aprendizaje en este otro espacio de vida en comunidad de un niño o niña con sus pares.                         

         

          

          

              

miércoles, 4 de marzo de 2026

"Se aparenta educar, desnaturalizando lo básico y elemental"


La falta de una oficialidad genera intentos de interpretación y organización para reacomodar y explicar el sentido y composición de la escolaridad. Siendo así, podría decirse que la escolaridad es un etapa comprendida entre los 0 y 17 años, y en 3 niveles de ascenso: inicial, primaria y secundaria. Del mismo modo, dentro de 7 ciclos de desarrollo: I ciclo (0 a 2 años), II ciclo (3 a 5 años de inicial), III ciclo (1ro. y 2do. grado de primaria), IV ciclo (3ro. y 4to. grado de primaria), V ciclo (5to. y 6to. grado de primaria), VI (1ro. y 2do. año de secundaria) y VII (3ro. a 5to. año de secundaria). 
Sin embargo, cualquiera de las buenas intenciones que tuvo la incorporación del término "ciclo" en la etapa de la escolaridad, no ha repercutido en la facilitación de la tarea educativa, ni mejoras sobre la calidad de los aprendizajes. Lo que parece indicar que, desde haber sido desterrado el anterior modelo pedagógico e impuesto este otro modelo "constructivista" (de eso hace aproximadamente 25 años), la escolaridad sigue transitando por imposiciones que están desnaturalizando lo básico y elemental de la escolaridad.
No hay duda sobre haber escuelas cumpliendo con el propósito de su naturaleza o existencia. Pero, tampoco hay duda sobre haber suficientes resultados de una pésima educación. Lo que debería preocuparnos porque de ser mala ha pasado a ser pésima.
Hace poco acudí - de curioso - a un evento universitario sobre un conversatorio de la realidad educativa escolar y su prospección al 2036... A la que acudieron, como sus invitados, "especialistas" y hasta un ex-ministro de educación. Pero, y como pude volver a comprobar, siendo otro más de esos infructuosos eventos donde parecen estar más interesados en adular e inflar el ego del invitado y no llegar a meas culpas ni conclusiones reales o viables de corrección o reorientación del quehacer educativo para atender la supuesta motivación del evento.
Un día menos de reorientación sobre el quehacer educativo es un día más de retraso en la mejora de la calidad de los aprendizajes.
La reorientación es exigible desde que se ha malinterpretado el buen sentido de un modelo que supuestamente debe construir aprendizajes, evaluar formativamente y ejercitar y desarrollar los talentos; es decir, aprender a Saber, Hacer y Ser de modo integral. Pero, lo que se está haciendo en un sinnúmero de escuelas es aparentar educar en competencias y emprendimientos, conllevando a desnaturalizar lo básico y elemental de la educación escolar.        
Que el papel no aguante todo, sino lo práctico y viable a anotarse en las programaciones de las unidades didácticas.
Que el profesor sea creativo para enriquecer el desarrollo de sus sesiones de clases, y no se lo desgaste con el exceso de actividades.
Que el padre de familia eduque y/o deje educar a quien lo sabe hacer con profesionalismo.
Que se reconozca y/o premie el esfuerzo sobresaliente o destacado, y no el esfuerzo común frente a una obligación también común.
Que la escuela trace su línea de trabajo; es decir, su estilo, modo, característica, etc. Esa misma línea que le sirve de identidad institucional.
Que cada quien asuma y cumpla con lo que le toca saber, hacer y ser.