miércoles, 10 de junio de 2026

¡Hasta aquí! ¡No más!

 

Educar es un encargo laborioso, y dicha laboriosidad recae en el hecho de saber enfrentar los desafíos y las exigencias propias de educar. Pero, educar también es una tarea satisfactoria, y lo es todas las veces que se evidencian los progresos del aprendizaje en sus distintas manifestaciones, así como circunstancias, espacios y tiempos.

Quienes son padres, no tienen el encargo, sino exactamente la obligación de educar a sus hijos. Mientras tanto, quienes son maestros, si bien tienen el encargo, a éste le anticipa la obligatoriedad de una profesionalización para saber educar a los estudiantes.

En el hogar educan los padres, y la obligación de educar a sus hijos yace en su indefensión y en el proceso conducente de su adaptación provechosa a ese primer mundo que los rodea.

En la escuela educan los maestros, y el encargo de educar a los estudiantes se rige de una oficialidad que formaliza el tiempo e intención pedagógica que se reconoce como educación básica escolar.

Hogar y escuela deben educar de modo armonizado y enlazado. De tal manera, que lo aprendido en el hogar encuentre significatividad en la escuela, y viceversa. Por tanto, lo esperado es que se produzca una sinergia positiva entre el hogar y la escuela, la misma que dé cuenta del ejercicio conjunto del encargo y la obligación de los roles correspondientes y/o asignados a padres y maestros, ya que solo así se educa mejor y sin contraposición ni interrupción del proceso y desarrollo de los aprendizajes de los hijos y estudiantes, respetivamente.

Sin embargo, hoy en día, el panorama educativo no se dibuja ni se pinta de ese colorido ideal y pretensioso. Porque - salvo sus excepciones – de saberse un pasado en el que siquiera se intentaba, en el presente no ocurre ni se intenta más.

Al Estado se le atribuye responsabilidad sobre la mala educación. Pero, ello no exime a los padres ni a los maestros de sus responsabilidades personalizadas ni conjuntas sobre la sinergia negativa sucediendo entre el hogar y la escuela. Entonces, se trata de que padres y maestros, así como Estado y sociedad en general, adviertan que las consecuencias son esas avalanchas de desenfreno, avivamiento y frivolidad de conductas y comportamientos, de los que hoy nos quejamos y lamentamos como severos males. Pese a ello, equivocada e inadvertidamente somos también quienes toleramos, admitimos y hasta consentimos como rutinario, usual, común y habitual, tales avalanchas.

Un hogar y una escuela que no blinda a sus aprendices no hace sino exponerlos como victimas e incluso hasta convertirse en imitadores o actores principales del desenfreno, avivamiento y frivolidad. El desblindaje, no solo se produce porque hay padres y maestros que no educan, sino porque educan mal. Sobre todo, quienes se van a los extremos de la sobreprotección o el abandono. Estando también el malentendido de que quien educa no corrige, no condiciona, no sanciona ni menos castiga.

Educar no quiere decir cegar o ensordecer a los hijos o estudiantes sobre lo que acontece en su realidad. Es más bien guiarlos y acompañarlos a enfrentar realidades distintas, bajo circunstancias, desafíos y problemáticas acordes con su edad. Donde los escenarios puedan ser reales o intencionalmente elaborados, para que a través de diversas, repetitivas y continuas experiencias de aprendizaje, aprendan verdadera y significativamente a – por ejemplo – reaccionar con desazón y disgusto emocional, y en simultáneo, con selectiva, crítica y argumentativa racionalidad frente a estímulos provistos, justamente, de desenfrenos, avivamientos o frivolidades.

Es casi inevitable que se nos exhiban a modélicos personajes avivando su nula, poca o mala educación, incluso hasta transformarse muchas veces en una retorcida fama que los distintos medios de comunicación masiva publicitan. Pero, ni aún por eso es merecedora de tolerancia, admisión o consentimiento, sino debe serlo del repudio y la condena social. Porque, al paso que vamos, hay muestras de haberse trastocado la objetividad y positivismo por complicidad e impunidad.

Hace rato que no se hace la tarea, manteniéndose atrasada porque parece que padres y maestros se hayan malacostumbrándose a aparentar cumplir con sus obligaciones y encargo. Mientras que el Estado, y todos los demás conformantes de la sociedad en general, ni siquiera miran de lejos, sino cierran los ojos.                  

 

                               

 

                    

 

   

      

                     

            

miércoles, 3 de junio de 2026

"Sin cambios del cambio"

 

Desde hace más de dos décadas la pedagogía sufre una desorientación que, hasta la fecha, no le permite alinearse con el modelo pretendido. Ocasionando que los aprendizajes solo se aparenten en sus logros. Consigo, la conducta y el comportamiento se degenere, y ande vuelta una generalidad problemática por su ocurrencia recurrente en las escuelas; yendo, desde la simple desobediencia, seguido del abuso y culminando con la malcriadez. Sin descartarse las posibles agresiones verbales, psicológicas y hasta físicas. Lo que no parece alertar ni preocupar, pese a estar afectando, no solo la convivencia diaria entre estudiantes, sino entre estudiantes y maestros, padres e hijos y hasta padres y maestros.

Si bien, a la pedagogía anterior al año 2000 se le atañe errores, señalándosele – por ejemplo – el factor negativo y extremo del "memorismo", así como también de la amenaza y el miedo, actuando de condicionantes sobre “el aprovechamiento” (rendimiento académico) y “la conducta”, esa pedagogía no aparentaba logros, ni los mismos eran tan desastrosos porque – aún memorística y condicionante – educaba bajo imperio de la exigencia académica y la buena conducta de quienes se educaban bajo la anterior pedagogía de la educación básica escolar. 

Tal vez, y notoriamente hoy más que ayer, las familias son más disfuncionales en su orden estructural, y esa sea una de las posibles razones por la que las familias son menos formativas. Aunque, pudiendo también ser otra de las razones, ese pretexto de la falta de tiempo, por absorción del trabajo, que arguyen lo padres frente a su inasistencia en el acompañamiento formativo de sus menores hijos. Pero, aún esas y otras realidades similares hubiesen predominado anterior al año 2000, la pedagogía y los maestros de ese antes, podría decirse que eran mejor y mayor intencionados, porque su motivación vocacional de servicio, así como su autoridad educadora, estaban respaldadas por la misma sociedad, incluso a la hora de extender su labor hasta en el propio seno familiar de sus estudiantes que lo demandaban, e intervenir con la única y sana intención pedagógica de orientar, aleccionar, reflexionar, corregir y enmendar, posibles deficiencias o falencias parentales de formación. Más, si esas mismas actuaban en impedimento del desarrollo y progreso formativo y educativo de sus estudiantes. Lo que trajo enorme relevancia y reconocimiento a la escuela, por la labor docente, al ser considerada como "El Segundo Hogar".

Con ello, no se entienda que la mejor pedagogía fue la de ayer, y no la de hoy, sino que conforme los tiempos cambian y avanza, deberíamos cambiar y avanzar, también con este, la pedagogía de las escuelas públicas. De modo tal, que no se retraiga ni aplace su actualización. Sino mediante su atenta advertencia a la experiencia, el conocimiento y el contexto de la realidad pasada y presente, se recomponga para una mejor versión de la misma. Por eso, la mejor pedagogía no sería aquella sosegada o reposada en el pasado, sino la que se componga de una variedad y armonía de teorías de aprendizaje y psicológicas que pudieran concatenar todas juntas e indistintamente selectivas con las experiencias, los conocimientos y las realidades de ayer y hoy; y más, en estos tiempos de mayores cambios.

Por el contrario, la peor de las pedagogías sería aquella, no solo ajena a su advertencia sobre la experiencia, el conocimiento y el contexto de la realidad local y/o nacional, de cualquier ejercicio pedagógico anterior, sino la que además pudiera ser impuesta con radicalismo absoluto sobre cualquier otra. Porque está visto que ocasionaría una desorientación pedagógica. Por un lado, incapaz de desarraigar a los maestros de su ejercicio anterior. Y, por otro lado, capaz de generar el malentendido, la mescolanza y el desorden de ideas, conceptos, términos, criterios y demás posibles factores y componentes pedagógicos; es decir, un revoltijo, en el que fluctúan el malentendido de la impuesta pedagogía con el desarraigo del ejercicio de la pedagogía anterior. En consecuencia, produciéndose una realidad educativa con un accionar pedagógico desbaratando tiempos e intenciones pedagógicas, que bien pudieran leerse en el papel como interesantes y hasta prometedoras, pero que no resulta “significativo” para el logro de los aprendizajes. Siendo lo que viene ocurriendo con las escuelas públicas, sino hace bastante rato, estas darían cuenta de un apreciable, llamativo y elocuente, logros de aprendizaje, provenientes de una cierta y contundente ejercitación, desarrollo y potencialización de las habilidades, las destrezas, las aptitudes, las actitudes, las capacidades y las competencias de cada vez más niños y adolescentes educándose, a nivel nacional, bajo este modelo de pedagogía.

¿Qué hacer entonces para que se produzcan los cambios esperados?

Ningún problema será solucionable si no somos capaces de advertir conciencia sobre el mismo. 

Quiere decir que los profesores debemos empezar por dar cuenta que nos mantenemos sumidos en una desorientación pedagógica. La misma que se replica en un accionar pedagógico que nos hace creer “expertos” en el ejercicio y aplicación de un modelo pedagógico, que paradójicamente no lo hemos llegado a comprender del todo, y esto porque lo que se evidencia en la réplica es el aún arraigo con el accionar del modelo anterior, justamente, y toda vez, ocurriendo cuando no podemos descifrar cómo accionar con la propuesta de ese otro modelo pedagógico frente a las diferentes circunstancias y hasta situaciones problemáticas que traen propiamente consigo las experiencias de aprendizaje de los estudiantes. 

Lo que sí nos hemos vuelto es expertos en “el juego de palabras”. Pero, la pedagogía, no solo demanda usar, acomodar, agregar, cambiar o quitar, términos y oraciones, a la hora de verbalizar cualquier de las intenciones pedagógica en el papel – dígase la programación de sesiones, evaluaciones, proyectos, unidades, Etc. – sino descifrarlo en la práctica. Más, si la educación básica escolar en las escuelas públicas está urgida de un accionar pedagógico que deje de contradecirse a la hora poner en práctica cualesquiera de sus posibles buenas intenciones pedagógicas.