Después de nacer, iniciamos la
experiencia de vinculación con el entorno. Siendo la imitación una de las
diversas formas como aprende el cerebro, y de la que hacen gala las neuronas
espejo.
Entonces, y conforme vamos vinculándonos
y creciendo, aprendemos a imitar movimientos, gestos, señas, palabras y todo cuanto
demás, pudieran constituir experiencias de aprendizajes. Lo que no quiere decir,
que solamente aprendemos por capacidad de imitación, sino que imitar es una de
las otras tantas habilidades y capacidades del aprendizaje.
Sin embargo, imitar no siempre es
favorable. Ocurren las veces que es negativa, y esto pasa cuando el niño o niña
no es oportunamente sujeto a pautas, orientación, aclaración y, sobre todo,
límites – dígase durante el inicio y transcurso de su crecimiento – tornándose
la imitación como la causa de una de las contrariedades de su aprendizaje y vinculación
positiva con el entorno. Es decir, imitar puede implicar también que el niño o
niña copie e imite, no solo todo eso simple y posible visto de malo e
incorrecto, sino aquello no entendido ni sabido como tal porque nunca fue
advertido en el conflicto cognitivo de sus experiencias de aprendizaje.
No cabe duda de que cada uno es
el producto de los genes del padre y la madre. Pero, la genética es también clara
al discriminar entre la biología y el poder de la mente; entendiéndose a la
mente como al cerebro en su capacidad, desarrollo y funcionamiento. Ese poder
mental inicia con la vinculación del niño o niña con su primer entorno –
llámesele “primer mundo” – y que comprende a la casa u hogar. Es el primer
espacio donde se activan los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) en un
entorno distinto al tiempo antes de nacer. Es el espacio, entonces, en el cual se
suscitan las primeras experiencias de aprendizaje devenidas de todos los
estímulos posibles que se generan en este. Por tanto, una de las razones por la
que el acompañamiento y la atención de los padres sobre sus hijos recae en obligación
primordial del rol formativo.
Cualquier niño o niña puede ser
físicamente bastante parecido al padre o madre. Incluso, bastante parecido en
algunos gestos o ademanes, pero nunca llegar a ser exactamente uno de ellos
porque cada uno es tan igual como distinto a la vez. Más, si la neurociencia
afirma que ningún cerebro humano es igual a otro, ni el mismo cerebro es igual
de un tiempo a otro, justamente por el poder mental de cada uno. Lo que
conlleva a entender que, si hubiera algo por aprender e imitar, debería ser lo
positivo y no lo negativo.
He ahí donde resalta la debilidad
de roles. La primera a cuenta del Estado, y otras a cuenta de los padres de
familia y maestros de la escuela pública. Correspondiéndole al Estado, el haber
propiciado en los padres de familia un malentendido sobre esa oportunidad de intervención
y participación en la escuela. Del mismo modo, y a consecuencia del
malentendido anterior, el haberse generado en los maestros otro malentendido, y
que va de los extremos desde el temor hasta la indiferencia en el actuar de su rol
formativo comprendido en la docencia.
El hogar y la escuela son espacios
de desarrollo y crecimiento. Ambos espacios deben actuar en un sentido de dependencia
y complemento para el logro de los aprendizajes. Es decir, donde actúen la informalidad
y la formalidad, así como el derecho y el deber, pero no para generar contrariedad,
sino balance e impulso para el entendimiento y comprensión del entorno; de modo
tal, que el niño o niña se desenvuelva de la mejor manera posible en este. De
ahí que deban ser menos los padres de familia con el malentendido, de que la
oportunidad de intervención y participación en la escuela les resulta un poder para
– con suma ligereza – recrimine, acuse, denuncie, maltrate y hasta menosprecie
la profesionalización docente. Igualmente, debiendo ser menos quienes crean que
“llevar a sus hijos a la escuela” es llevarlos a un lugar distracción o
diversión, dejándolos a cargo de “cuidadores”. Asimismo, ser más quienes
adviertan que sus hijos no pueden ser su imagen y semejanza, sino ser el niño o
la niña con el entendido de lo que es bueno, sano, agradable, productivo, ordenado,
disciplinado y respetuoso. Ello, sin temor a las posibles experiencias de
aprender a serlo por incurrencia del error en la propia convivencia.
El tiempo, la edad, el
crecimiento y el desarrollo en sí del poder mental, hace que el niño o niña
deba transitar de su “primer mundo” a otro, donde aprenderá a vincularse con un
siguiente entorno que es la escuela – llámesele “segundo mundo” – pero, al que llega
con todo aquello – saberes previos – experimentado y aprendido en el primero. Es
esa transición, da cuenta si el padre de familia ha cumplido oportuna, y bien hecho,
con el rol formativo de sus hijos. Por consiguiente, no es qué tanto ni cómo
deba actuar la escuela, al igual que en la casa u hogar, sino qué tanto habrá
que fortalecer, complementar y/o corregir en el comportamiento y conducta del
niño o niña en ese nuevo entorno donde su experiencia será, no solo la de
aprender a convivir con otros niños tan iguales y distintos a él o ella, sino la
de aprender hasta en entornos de sana competencia entre los mismos.
Transitar a ese otro entorno que
es la escuela, implica una nueva experiencia de vida regida bajo la formalidad del
deber y el derecho igualitario de quienes tienen la condición de aprendices. Por
lo que la informalidad de la crianza en la casa u hogar está obligada a
sujetarse a la formalidad de la escuela como a la del estilo educativo, debiendo
los padres obligarse al compromiso de su participación en lo que vaya o pudiera
corresponderles de acuerdo con la similitud como la particularidad de sus hijos
frente a sus pares.
De tal palo tal astilla… siempre
y cuando “el parecido” contribuya al desenvolvimiento común y armonioso durante
el transcurso de las experiencias formales de aprendizaje en este otro espacio
de vida en comunidad de un niño o niña con sus pares.




