A
las autoridades de este país parece ser que les vale un carajo saber si hay
forma o no de mitigar el dolor y lamento de quienes, a causa de una bala
perdida, tienen que afrontar la muerte de su padre, madre, hijo o hermano. Y, menos
aún, les importa el destino o futuro inmediato de la calidad de vida que les
tocará vivir, en adelante, a quienes abrupta y violentamente les fue quitado,
para siempre, a su padre, madre, hijo o hermano.
Una
bala perdida entró en casa de un amigo. Me cuenta él que, en medio del susto y
nerviosismo, llamó a la policía, quienes después de un buen y largo rato
aparecieron en el lugar, atinando solamente a recoger el casquillo y hacer su
parte policial, y creo que fue así - me dice, al darse por enterada la policía
que ni él ni sus familiares habían resultado heridos. Tan fría y carente de
protección al ciudadano fue su intervención policial que les demandó alguna
posible explicación del hecho, información de su trabajo y orientación sobre las
inmediatas o posibles medidas a tomar por su seguridad y la de su familia, pero
no tuvo mayor respuesta que la siguiente frase: “se harán las investigaciones
del caso”. Días después del hecho se apersonó a la comisaría, buscó al efectivo
que intervino en el hecho, pero él le dijo no saber nada de las diligencias
posteriores. Me siguió contando que nadie podía darle explicación del caso
porque debía atenderlo el efectivo policial del “área encargada” de dichos
casos. Después de una larga espera al fin pudo contactar al dicho efectivo,
pero no tuvo más respuesta que la siguiente frase: “se está investigando”. Hace
mucho tiempo atrás del hecho, y a la fecha le ganó el cansancio o aburrimiento.
Otro
amigo me cuenta que, a pocos metros de llegar a su casa, y andando por la
vereda cargando unas bolsas de víveres, una camioneta policial, de esas
llamadas “inteligentes”, aparece rauda y sorpresivamente, deteniéndose con el
mismo o mayor grado de velocidad y sorpresa con la que apareció. De ésta
bajaron dos efectivos, uno sin uniforme, pero ambos con arma de fuego en mano, y
cual pistoleros intervinieron a un tipo sin mediar en la seguridad personal de
las demás y muchas otras personas a pie y en vehículos hallados inmediatos o
bastante cerca al tipo intervenido, entre ellas a infantes que coincidentemente
habían salido de su escuelita o nido cercano al lugar. Por cuestiones divinas
o azar, el hecho no pasó a ser una tragedia.
Recientemente,
en Surquillo, las balas perdidas hirieron a cuatro personas inocentes, hasta
donde se sabe una de ellas debatiéndose entre la vida y la muerte, y digo
inocentes porque ninguno era el asaltante, el asaltado o el efectivo policial.
Está claro que la
delincuencia sigue en aumento. También, que las balas perdidas se desatan en un
tiroteo. Y, podría entenderse que hay factores circunstanciales que resulta en daño
colateral. Pero, visto los hechos, corresponde demandar a las más altas autoridades
de este país su atención inmediata a la notoria deficiencia que ha saltado a la
palestra a consecuencia de los enfrentamientos entre policías y delincuentes, y ésta es la mala o escasa preparación profesional
en estrategia o táctica policial de muchos de sus efectivos para enfrentar y/o responder
a un ataque o asalto, porque cada vez es más el dolor y el lamento de los
familiares enterados que una de las tantas personas inocentes que resultaron heridas
o muertas en tales enfrentamientos es su padre, madre, hijo o hermano.

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