lunes, 4 de mayo de 2015

BALA PERDIDA

A las autoridades de este país parece ser que les vale un carajo saber si hay forma o no de mitigar el dolor y lamento de quienes, a causa de una bala perdida, tienen que afrontar la muerte de su padre, madre, hijo o hermano. Y, menos aún, les importa el destino o futuro inmediato de la calidad de vida que les tocará vivir, en adelante, a quienes abrupta y violentamente les fue quitado, para siempre, a su padre, madre, hijo o hermano.

Una bala perdida entró en casa de un amigo. Me cuenta él que, en medio del susto y nerviosismo, llamó a la policía, quienes después de un buen y largo rato aparecieron en el lugar, atinando solamente a recoger el casquillo y hacer su parte policial, y creo que fue así - me dice, al darse por enterada la policía que ni él ni sus familiares habían resultado heridos. Tan fría y carente de protección al ciudadano fue su intervención policial que les demandó alguna posible explicación del hecho, información de su trabajo y orientación sobre las inmediatas o posibles medidas a tomar por su seguridad y la de su familia, pero no tuvo mayor respuesta que la siguiente frase: “se harán las investigaciones del caso”. Días después del hecho se apersonó a la comisaría, buscó al efectivo que intervino en el hecho, pero él le dijo no saber nada de las diligencias posteriores. Me siguió contando que nadie podía darle explicación del caso porque debía atenderlo el efectivo policial del “área encargada” de dichos casos. Después de una larga espera al fin pudo contactar al dicho efectivo, pero no tuvo más respuesta que la siguiente frase: “se está investigando”. Hace mucho tiempo atrás del hecho, y a la fecha le ganó el cansancio o aburrimiento.

Otro amigo me cuenta que, a pocos metros de llegar a su casa, y andando por la vereda cargando unas bolsas de víveres, una camioneta policial, de esas llamadas “inteligentes”, aparece rauda y sorpresivamente, deteniéndose con el mismo o mayor grado de velocidad y sorpresa con la que apareció. De ésta bajaron dos efectivos, uno sin uniforme, pero ambos con arma de fuego en mano, y cual pistoleros intervinieron a un tipo sin mediar en la seguridad personal de las demás y muchas otras personas a pie y en vehículos hallados inmediatos o bastante cerca al tipo intervenido, entre ellas a infantes que coincidentemente habían salido de su escuelita o nido cercano al lugar. Por cuestiones divinas o azar, el hecho no pasó a ser una tragedia.

Recientemente, en Surquillo, las balas perdidas hirieron a cuatro personas inocentes, hasta donde se sabe una de ellas debatiéndose entre la vida y la muerte, y digo inocentes porque ninguno era el asaltante, el asaltado o el efectivo policial.

Está claro que la delincuencia sigue en aumento. También, que las balas perdidas se desatan en un tiroteo. Y, podría entenderse que hay factores circunstanciales que resulta en daño colateral. Pero, visto los hechos, corresponde demandar a las más altas autoridades de este país su atención inmediata a la notoria deficiencia que ha saltado a la palestra a consecuencia de los enfrentamientos entre policías y delincuentes,  y ésta es la mala o escasa preparación profesional en estrategia o táctica policial de muchos de sus efectivos para enfrentar y/o responder a un ataque o asalto, porque cada vez es más el dolor y el lamento de los familiares enterados que una de las tantas personas inocentes que resultaron heridas o muertas en tales enfrentamientos es su padre, madre, hijo o hermano.                       

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