sábado, 14 de marzo de 2015

¡y… NADA!


Muchas veces me pregunto de dónde salen “frasecitas” que inmediatamente la mayoría de adolescentes y jóvenes suelen repetir por repetir sin importarles desbaratar el posible sentido, de su posible creador o quien lo dijo primero, a la hora de hablar. Por ejemplo, “¡y… nada!”. Sí, esta misma que lejos de dar por entendido el final de un tema hablado, sólo deja ver la fragilidad con la que nuestra adolescencia y juventud puede ser enrolada al campo del antojo o dominio de lo que otros quieren que digan o hagan.

No puedo negar que quienes fuimos adolescentes y jóvenes, también imitábamos o repetíamos las tendencias, estilos y modas propias de la época, pero no llegó a pasar lo que lamentablemente está ocurriendo con los adolescentes y jóvenes de remedar lo que dicen y hacen estos nuevos personajes televisivos mal llamados “ídolos”, y a los que sin mediar reparo alguno se les celebra sus escándalos, groserías, agresividad e ignorancia.

“Me arrepiento”, “pido disculpas”, “lo hice sin pensar”, “voy a dar todo de mí”, “todos tenemos derecho a una segunda oportunidad”, etc., eran expresiones del lenguaje formal y, ahora, convertidas en frases cliché al haber perdido el sentido expreso de su valor semántico, connotativo o como quiera y corresponda llamársele. Ocurre que quién puede creer en el sentido real de estas expresiones si se dicen por doquier y sin pensar porque se repiten cual reacción automática ante tanta reincidencia de “metidas de pata”, errores y faltas graves de conducta con las que se sostiene el rating de algunos programas televisivos dizque de “competencias”, y que han embelesado a una gran mayoría, sino toda, nuestra adolescencia y juventud. Y, es justamente lo que también remedan en los roles de su vida diaria.

Escuchaba hablar a un grupo de adolescentes, y por un momento sentí que me hablaban en otro idioma o, en el colmo, de temas totalmente irrelevantes y superfluos al oír su enorme preocupación y opinión por el estado emocional de una fémina combatiente y su posible relación amorosa con un extranjero. Y, les aseguro que no se trataba del hecho de que soy, en edad, un “tío” para ellos,  que no estoy en su onda o que no he visto estos programas, sino la incapacidad para expresar por completo frases u oraciones usadas en su diálogo.             

“¿A dónde iremos a parar?”, dice la letra de una reflexiva canción. Entonces, al saber que se persiste en la indiferencia por la formación y educación de quienes son el futuro del país, niños y adolescentes, y al ver tanto mal ejemplo remedado cual mal entendida moda o actualidad, digo que no es necesario presagiar a dónde iremos a parar porque ya estamos sobre un terreno donde sus habitantes parecieran haber “desevolucionado” de una época de significativos aprendizajes, conocimientos y desarrollo a otra llamada de inicio o de las cavernas.

¡Hum, y… nada!


                                                                                                           Edgar Andrés Cuya Morales
                                                                                                                        Pedagogo
  

   

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