Una escuela pública puede
no tener la atención efectiva y eficiente del Estado y, bajo esa condición, tener que albergar a una niñez y
adolescencia en extrema pobreza, y no por eso expira su deber o se aleja
del mismo quien se hizo y es un maestro de escuela, porque la esencia de serlo
yace en su vocación de servicio.
Entonces, si a este extremo no se pierde la vocación ni
el deber del cual se motiva, entonces habría que preguntarle a las autoridades
de este sector del Estado porqué se lo obliga ahora al cumplimiento de “compromisos” - por cierto, nada nuevos ni alentadores de la esencia del servicio, y más - si antes no se quiere oír para saber que deben corregirse los
errores técnicos pedagógicos que se arrastran y se mantienen desde la
imposición de un modelo educativo que, no sólo atropelló en contra de la
educación tradicional - mal llamada obsoleta - sino que sigue siendo
discordante con su incesante profeso sobre autonomía, diversificación
curricular y demás. Hay que dilucidar la desorientación pedagógica provocada en
el magisterio, empezando por hacerles entender a los dizque “especialistas”
pedagógicos del Ministerio de Educación que no por más “competencias” y
“capacidades” verbalizadas y enumeradas en un papel, se está educando en una
pedagogía constructiva, activa, moderna o, "comercialmente" dicha, a la altura de las exigencias de un “mundo globalizado”. La mayor y mejor evidencia está en los resultados del día a día, sino porqué tanto atraso, retraso y regresión del saber, del hacer y del ser
de los escolares egresados del sistema educativo público.
¿Y
ahora qué? – Es la pregunta, entremezclada con preocupación, desaliento, hastío
y hasta pavor, que se hacemos los profesores, y la que nos la venimos haciendo desde que la obligatoriedad, de raíz
y sopetón, a no pensar en “objetivos” sino en “competencias y capacidades”, a
no evaluar cuantitativamente sino “cualitativamente”, a no sesionar una clase
sino a redactar una lista de “momentos”, a no pararse delante de los aprendices
sino en cualquier otro lugar, a no calificar con un lapicero de color rojo sino
de cualquier otro color de tinta que no imprima “severidad” o "ataque la autoestima", a no elaborar pruebas - como las sigue
haciendo - sino como no se sabe hacerlas porque hasta el momento no se les enseña de otro modo, a no decirle
al alumno que algo hizo mal sino a “felicitar” lo que pudo hacer - así esté mal - a no desaprobar
a nadie sino a sobrevalorar sus logros... En fin, todo aquello que pudo ser
interesante o revolucionario, pero que al extremarse, sin reparar en la idiosincrasia, psicología, realidad, costumbre o como quiera llamársele, y por la que solemos inclinarnos hacia lo provechoso de algo antes
que a su obligación, sigue acentuando, lo que he llamado “la desorientación
pedagógica” porque no hay ni habrá “capacitación pedagógica” si todo cuanto hay
que cumplir en “papel” o “en una supervisión de clase” está quedando ahí sin
trascender a otros espacios y momentos.
Continuará…
Edgar Andrés Cuya
Morales
Psicopedagogo

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