sábado, 21 de marzo de 2015

COMPROMISOS E INDICADORES DE GESTIÓN ESCOLAR… ¡Dale con lo mismo!



Una escuela pública puede no tener la atención efectiva y eficiente del Estado y, bajo esa condición, tener que albergar a una niñez y adolescencia en extrema pobreza, y no por eso expira su deber o se aleja del mismo quien se hizo y es un maestro de escuela, porque la esencia de serlo yace en su vocación de servicio. 
Entonces, si a este extremo no se pierde la vocación ni el deber del cual se motiva, entonces habría que preguntarle a las autoridades de este sector del Estado porqué se lo obliga ahora al cumplimiento de “compromisos” - por cierto, nada nuevos ni alentadores de la esencia del servicio, y más - si antes no se quiere oír para saber que deben corregirse los errores técnicos pedagógicos que se arrastran y se mantienen desde la imposición de un modelo educativo que, no sólo atropelló en contra de la educación tradicional - mal llamada obsoleta - sino que sigue siendo discordante con su incesante profeso sobre autonomía, diversificación curricular y demás. Hay que dilucidar la desorientación pedagógica provocada en el magisterio, empezando por hacerles entender a los dizque “especialistas” pedagógicos del Ministerio de Educación que no por más “competencias” y “capacidades” verbalizadas y enumeradas en un papel, se está educando en una pedagogía constructiva, activa, moderna o, "comercialmente" dicha, a la altura de las exigencias de un “mundo globalizado”. La mayor y mejor evidencia está en los resultados del día a día, sino porqué tanto atraso, retraso y regresión del saber, del hacer y del ser de los escolares egresados del sistema educativo público.
¿Y ahora qué? – Es la pregunta, entremezclada con preocupación, desaliento, hastío y hasta pavor, que se hacemos los profesores, y la que nos la venimos haciendo desde que la obligatoriedad, de raíz y sopetón, a no pensar en “objetivos” sino en “competencias y capacidades”, a no evaluar cuantitativamente sino “cualitativamente”, a no sesionar una clase sino a redactar una lista de “momentos”, a no pararse delante de los aprendices sino en cualquier otro lugar, a no calificar con un lapicero de color rojo sino de cualquier otro color de tinta que no imprima “severidad” o "ataque la autoestima", a no elaborar pruebas - como las sigue haciendo - sino como no se sabe hacerlas porque hasta el momento no se les enseña de otro modo, a no decirle al alumno que algo hizo mal sino a “felicitar” lo que pudo hacer - así esté mal - a no desaprobar a nadie sino a sobrevalorar sus logros... En fin, todo aquello que pudo ser interesante o revolucionario, pero que al extremarse, sin reparar en la idiosincrasia, psicología, realidad, costumbre o como quiera llamársele, y por la que solemos inclinarnos hacia lo provechoso de algo antes que a su obligación, sigue acentuando, lo que he llamado “la desorientación pedagógica” porque no hay ni habrá “capacitación pedagógica” si todo cuanto hay que cumplir en “papel” o “en una supervisión de clase” está quedando ahí sin trascender a otros espacios y momentos.

Continuará…

                                                                                                   Edgar Andrés Cuya Morales
                                                                                                              Psicopedagogo     


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