martes, 24 de marzo de 2015

¡Quiero mi casita, pero no a capricho de otros!


Ya me tocó. Sí, me tocó lidiar con un par de “arquitectas” de quienes debo cuestionar su calidad profesional, no sólo por la actuación y conducta antagónica a la esencia artística de su profesión,  sino por su despótica práctica de autoridad para “aprobar” o “desaprobar”  diseños arquitectónicos de proyectos inmobiliarios.

Esta vez, y no sé si antes por no haberme “tocado”, el Colegio Profesional equivocó su selección de integrantes de una Comisión Técnica. Y, vista la función delegada, no cabe duda que posee alta responsabilidad sobre quien lo representa. Entonces, le digo al mismo que, tomando en referencia a esas dos señoras, no vuelva a dejarse sorprender documentaria y/o verbalmente. O, en otra medida, entrénese a los posibles futuros seleccionados en el desarrollo de capacidades y actitudes que no les permitan distorsionar el sentido de autoridad delegada. Del mismo modo, a no alucinar superioridad de competencia profesional por sobre otros profesionales de la arquitectura, debiendo admitir la opinión, el debate o la discusión técnica sin consecuentes “ojerizas” sobre un determinado proyecto y/o profesional.

Ocurrió que, si a esas señoras algo no les parecía “bien” o “bueno” acerca del proyecto, y sin oír razones o desplegar sus buenos oficios, sólo atinaban a imprimir su “Desaprobación”. No lograban entender que su cargo no les daba autoridad para disponer o rehacer “mis espacios” a preferencias y gustos de ambas, sino a su intervención vigilante del cumplimiento de las normas técnicas inscritas en el Reglamento Nacional de Edificaciones. Por otro lado, a orientar o sugerir posibles opciones de diseño arquitectónico, siempre y cuando, su intervención proporcione mayor y/o mejor confort, funcionalidad o estética arquitectónica al diseño en proyecto. Pero, ello no pasó. En el colmo, ambas señoras se atrevieron a menospreciar hasta los detalles estéticos que habían sido considerados en la fachada. Justamente aquellos propuestos para no romper, según la norma, con la armonía arquitectónica de las demás viviendas, no sólo aledañas al proyecto, sino a la particularidad histórica del distrito. Me obligaron a “sacarlos”, bajo un argumento ni técnico ni profesional, y sí enteramente caprichoso y abusivo. Visto el caso, quedaban dos opciones. La primera, rehacer los planos a preferencia y gusto de las señoras. La segunda, convertirme en uno más de los muchísimos que construyen a espaldas de cualquier previo trámite de licencia. Comprendo ahora por qué tanto desorden urbanístico.

Sin ser arquitecto, sé que la arquitectura es el arte y la técnica por la que se diseña la transformación de los espacios donde se desenvuelve el hombre para confort, funcionalidad y valor estético.

Sin ser abogado, sé que proyectar una edificación se sujeta a las leyes y sus reglamentos en todo cuanto éstas prescriban, pero, también, “en todo cuanto no lo prohíban”.

Entonces, al Colegio de Arquitectos del Perú, les solicitaría hacer reflexionar a sus comisionados al respecto.                             
                                                      
                                                                                                          Edgar Andrés Cuya Morales

                                                                                                                       Pedagogo           

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