lunes, 16 de marzo de 2015

Ni hablar



Oyéndolo hablar, refutar y sostener su postura al principal representante de la reclamada unión civil, parece que no se puede hablar del tema porque al toque te clasifican radicalmente en su contra o a favor, no habiendo ni permitiéndose otra opción. Lo que resulta totalmente injusto, ¿no es así? Y, sobre todo, por quienes gritan a viva voz, grave de hombre o aguda de mujer, no los derechos civiles de uno u otro sexo, sino del que se ha impuesto o gravado en la sociedad como la otra opción sexual, y a la que le están reclamando la adscripción particular de derechos civiles. Entonces, a pie de lo que se oye en sustento de un derecho, también debería obligar al respeto de quien pueda hablar u opinar distinto sin calificarlo de homofóbico.

No me deja de sorprender la enorme cantidad de jovencitos y jovencitas declarados en la nómina, y cómo viejos afiliados, por así llamar a los de edad distinta, se muestran públicamente no sé si en afán de incitar una lucha donde está visto que el beneficio no es para todos sino para unos cuantos; más, si sabemos cuál es la realidad socioeconómica y patrimonial de la mayoría en el Perú. Por lo que, cabe preguntarse si esa enorme juventud sabe si su declaración de homosexualidad debe a su descubrimiento natural, a la incitación o, simplemente, creen serlo porque otros lo hacen o les dicen que son. Es prudente recordar a la juventud que todo acto debe impulsarse de sus propias decisiones, y que por éstas son los únicos responsables cualquiera sea el escenario que deba afrontarse a consecuencia de las mismas. Del mismo modo, cabe otra pregunta ante la fragilidad con la que nos dejamos convencer para afrontar luchas ajenas o dar el voto a quien no ha podido aún empezar a radicar tanta pobreza extrema dando más oportunidades de educación de calidad y trabajo decente y por lo menos remunerado acorde a la canasta básica familiar.                            

Muy aparte, preocupa, así como van las cosas, saber si más adelante habrá menos familias, menor descendencia y más heterosexuales, hombre o mujer, en consecuente soltería. Preocupa también, que en un futuro inmediato, los que vienen detrás en edad, niñez y adolescencia, sean obligados a ser espectadores de tantas conductas ajenas a su formación integral, y consecuentemente reavivados, incitados o estimulados, no sólo a dudar de su naturaleza sexual, sino a experimentar o generar otras opciones de sexualidad, porque nadie puede negar que se busca la mínima aceptación legal para desbordarse en actos públicos no comunes ni propios a la naturaleza humana como hombre y mujer que convive en sociedad.

                                                                                                  Edgar Andrés Cuya Morales

                                                                                                                    Pedagogo         

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