Oyéndolo
hablar, refutar y sostener su postura al principal representante de la
reclamada unión civil, parece que no se puede hablar del tema porque al toque
te clasifican radicalmente en su contra o a favor, no habiendo ni permitiéndose
otra opción. Lo que resulta totalmente injusto, ¿no es así? Y, sobre todo, por
quienes gritan a viva voz, grave de hombre o aguda de mujer, no los derechos civiles
de uno u otro sexo, sino del que se ha impuesto o gravado en la sociedad como la
otra opción sexual, y a la que le están reclamando la adscripción particular de
derechos civiles. Entonces, a pie de lo que se oye en sustento de un derecho, también
debería obligar al respeto de quien pueda hablar u opinar distinto sin
calificarlo de homofóbico.
No
me deja de sorprender la enorme cantidad de jovencitos y jovencitas declarados
en la nómina, y cómo viejos afiliados, por así llamar a los de edad distinta, se
muestran públicamente no sé si en afán de incitar una lucha donde está visto
que el beneficio no es para todos sino para unos cuantos; más, si sabemos cuál
es la realidad socioeconómica y patrimonial de la mayoría en el Perú. Por lo
que, cabe preguntarse si esa enorme juventud sabe si su declaración de homosexualidad
debe a su descubrimiento natural, a la incitación o, simplemente, creen serlo
porque otros lo hacen o les dicen que son. Es prudente recordar a la juventud que
todo acto debe impulsarse de sus propias decisiones, y que por éstas son los únicos
responsables cualquiera sea el escenario que deba afrontarse a consecuencia de
las mismas. Del mismo modo, cabe otra pregunta ante la fragilidad con la que nos
dejamos convencer para afrontar luchas ajenas o dar el voto a quien no ha
podido aún empezar a radicar tanta pobreza extrema dando más oportunidades de educación
de calidad y trabajo decente y por lo menos remunerado acorde a la canasta
básica familiar.
Muy
aparte, preocupa, así como van las cosas, saber si más adelante habrá menos
familias, menor descendencia y más heterosexuales, hombre o mujer, en consecuente
soltería. Preocupa también, que en un futuro inmediato, los que vienen detrás
en edad, niñez y adolescencia, sean obligados a ser espectadores de tantas conductas
ajenas a su formación integral, y consecuentemente reavivados, incitados o
estimulados, no sólo a dudar de su naturaleza sexual, sino a experimentar o
generar otras opciones de sexualidad, porque nadie puede negar que se busca la mínima
aceptación legal para desbordarse en actos públicos no comunes ni propios a la naturaleza
humana como hombre y mujer que convive en sociedad.
Edgar
Andrés Cuya Morales
Pedagogo

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