sábado, 9 de mayo de 2015

¡Qué tal halago!

El domingo pasado leí, a páginas enteras de un reconocido diario, todo un halago hecho por uno de sus comentaristas sobre el actual Ministro de Educación. Sin duda, hay motivos para reconocer su labor frente al referido ministerio, pero… ¡NO EXAGEREMOS!, porque indigna tanto halago, no sólo por una posible sobonería política encubierta bajo el objetivo de publicitar la labor de un ministro, sino por quien fuera su autor, de quien podría decirse ser más crítico de televisión que profesor de escuela pública.

Nuevamente, no cabe duda de un correspondiente halago si éste ha de referirse a los posibles títulos y experiencia profesional del ministro, aún sea ajena a la especialidad de Educación, así como a lo que ha hecho, o como dice el comentarista se ha atrevido a hacer en comparación a otros ministros, pero hasta ahí es aceptable porque habría que decirle al mismo que hay algo que ni él ni otro ministro ha hecho, y ello es respetar la opinión del profesor al no haberse detenido a oír su palabra, y entre todos a los de las escuelas públicas menos atendidas y/o casi olvidadas por dicho sector, sobre las causas de su DESORIENTACIÓN PEDAGÓGICA frente a la exigencia de “educar en capacidades y competencias, y la que no sólo ha sido incitada por el propio ministerio al “experimentar” en los profesores una serie de desacertadas aplicaciones de modelos pedagógicos, sino que ésta se mantienen en vigencia y puesta en exigencia al profesor, bajo sutiles amenazas de ser y estar  permanentemente “evaluado” y “supervisado”.

Le aseguro, al señor comentarista, que esta realidad no la sabía. También, le reclamaría el no haber tenido preocupación en querer averiguarla y/o saberla antes de emitir tanto halago, porque de lo contrario no hubiera podido haberlo halagado tanto al ministro al estar enterado de lo que él también está siendo incapaz de resolver frente a la persistencia de la desorientación de un modelo pedagógico que, si bien se sigue intentando aplicar en las aulas, ésta no es por convicción educadora o formadora, sino por obligación donde, cual cuartel militar, “las órdenes han de cumplirse sin dudas ni murmuraciones”.

Si la desorientación pedagógica hubiese sido atendida, no hubiésemos caído tan bajo en lo que respecta a preparación básica del educando. Y, poniendo atención, tampoco vayamos a creer que está siendo atendida al haber escalado, a la nota mínima de aprobación, esa calamitosa realidad descrita en anteriores resultados de pruebas internacionales, ya que “vivimos en el Perú”.


Finalmente, toda persona y su labor, más si es pública, tendrán siempre defensores y detractores, pero ni uno u otro pueden extralimitar su halago o ataque. ¿Llegará el día en que los defensores sean capaces de criticar lo que amerite hacerse, y los detractores resaltar todo cuanto bueno se haga en el otro lado?   

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