El
domingo pasado leí, a páginas enteras de un reconocido diario, todo un halago hecho
por uno de sus comentaristas sobre el actual Ministro de Educación. Sin duda,
hay motivos para reconocer su labor frente al referido ministerio, pero… ¡NO
EXAGEREMOS!, porque indigna tanto halago, no sólo por una posible sobonería política
encubierta bajo el objetivo de publicitar la labor de un ministro, sino por quien
fuera su autor, de quien podría decirse ser más crítico de televisión que profesor
de escuela pública.
Nuevamente,
no cabe duda de un correspondiente halago si éste ha de referirse a los posibles
títulos y experiencia profesional del ministro, aún sea ajena a la especialidad
de Educación, así como a lo que ha hecho, o como dice el comentarista se ha
atrevido a hacer en comparación a otros ministros, pero hasta ahí es aceptable
porque habría que decirle al mismo que hay algo que ni él ni otro ministro ha
hecho, y ello es respetar la opinión del profesor al no haberse detenido a oír
su palabra, y entre todos a los de las escuelas públicas menos atendidas y/o
casi olvidadas por dicho sector, sobre las causas de su DESORIENTACIÓN
PEDAGÓGICA frente a la exigencia de “educar en capacidades y competencias, y la
que no sólo ha sido incitada por el propio ministerio al “experimentar” en los profesores
una serie de desacertadas aplicaciones de modelos pedagógicos, sino que ésta se
mantienen en vigencia y puesta en exigencia al profesor, bajo sutiles amenazas de
ser y estar permanentemente “evaluado” y
“supervisado”.
Le
aseguro, al señor comentarista, que esta realidad no la sabía. También, le
reclamaría el no haber tenido preocupación en querer averiguarla y/o saberla
antes de emitir tanto halago, porque de lo contrario no hubiera podido haberlo halagado
tanto al ministro al estar enterado de lo que él también está siendo incapaz de
resolver frente a la persistencia de la desorientación de un modelo pedagógico que,
si bien se sigue intentando aplicar en las aulas, ésta no es por convicción educadora
o formadora, sino por obligación donde, cual cuartel militar, “las órdenes han
de cumplirse sin dudas ni murmuraciones”.
Si
la desorientación pedagógica hubiese sido atendida, no hubiésemos caído tan bajo
en lo que respecta a preparación básica del educando. Y, poniendo atención, tampoco
vayamos a creer que está siendo atendida al haber escalado, a la nota mínima de
aprobación, esa calamitosa realidad descrita en anteriores resultados de pruebas
internacionales, ya que “vivimos en el Perú”.
Finalmente,
toda persona y su labor, más si es pública, tendrán siempre defensores y detractores,
pero ni uno u otro pueden extralimitar su halago o ataque. ¿Llegará el día en
que los defensores sean capaces de criticar lo que amerite hacerse, y los
detractores resaltar todo cuanto bueno se haga en el otro lado?

No hay comentarios:
Publicar un comentario