jueves, 7 de mayo de 2026

¿De tal palo tal astilla?

 

Después de nacer, iniciamos la experiencia de vinculación con el entorno. Siendo la imitación una de las diversas formas como aprende el cerebro, y de la que hacen gala las neuronas espejo.

Entonces, y conforme vamos vinculándonos y creciendo, aprendemos a imitar movimientos, gestos, señas, palabras y todo cuanto demás, pudieran constituir experiencias de aprendizajes. Lo que no quiere decir, que solamente aprendemos por capacidad de imitación, sino que imitar es una de las otras tantas habilidades y capacidades del aprendizaje.

Sin embargo, imitar no siempre es favorable. Ocurren las veces que es negativa, y esto pasa cuando el niño o niña no es oportunamente sujeto a pautas, orientación, aclaración y, sobre todo, límites – dígase durante el inicio y transcurso de su crecimiento – tornándose la imitación como la causa de una de las contrariedades de su aprendizaje y vinculación positiva con el entorno. Es decir, imitar puede implicar también que el niño o niña copie e imite, no solo todo eso simple y posible visto de malo e incorrecto, sino aquello no entendido ni sabido como tal porque nunca fue advertido en el conflicto cognitivo de sus experiencias de aprendizaje.  

No cabe duda de que cada uno es el producto de los genes del padre y la madre. Pero, la genética es también clara al discriminar entre la biología y el poder de la mente; entendiéndose a la mente como al cerebro en su capacidad, desarrollo y funcionamiento. Ese poder mental inicia con la vinculación del niño o niña con su primer entorno – llámesele “primer mundo” – y que comprende a la casa u hogar. Es el primer espacio donde se activan los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) en un entorno distinto al tiempo antes de nacer. Es el espacio, entonces, en el cual se suscitan las primeras experiencias de aprendizaje devenidas de todos los estímulos posibles que se generan en este. Por tanto, una de las razones por la que el acompañamiento y la atención de los padres sobre sus hijos recae en obligación primordial del rol formativo.

Cualquier niño o niña puede ser físicamente bastante parecido al padre o madre. Incluso, bastante parecido en algunos gestos o ademanes, pero nunca llegar a ser exactamente uno de ellos porque cada uno es tan igual como distinto a la vez. Más, si la neurociencia afirma que ningún cerebro humano es igual a otro, ni el mismo cerebro es igual de un tiempo a otro, justamente por el poder mental de cada uno. Lo que conlleva a entender que, si hubiera algo por aprender e imitar, debería ser lo positivo y no lo negativo.

He ahí donde resalta la debilidad de roles. La primera a cuenta del Estado, y otras a cuenta de los padres de familia y maestros de la escuela pública. Correspondiéndole al Estado, el haber propiciado en los padres de familia un malentendido sobre esa oportunidad de intervención y participación en la escuela. Del mismo modo, y a consecuencia del malentendido anterior, el haberse generado en los maestros otro malentendido, y que va de los extremos desde el temor hasta la indiferencia en el actuar de su rol formativo comprendido en la docencia.

El hogar y la escuela son espacios de desarrollo y crecimiento. Ambos espacios deben actuar en un sentido de dependencia y complemento para el logro de los aprendizajes. Es decir, donde actúen la informalidad y la formalidad, así como el derecho y el deber, pero no para generar contrariedad, sino balance e impulso para el entendimiento y comprensión del entorno; de modo tal, que el niño o niña se desenvuelva de la mejor manera posible en este. De ahí que deban ser menos los padres de familia con el malentendido, de que la oportunidad de intervención y participación en la escuela les resulta un poder para – con suma ligereza – recrimine, acuse, denuncie, maltrate y hasta menosprecie la profesionalización docente. Igualmente, debiendo ser menos quienes crean que “llevar a sus hijos a la escuela” es llevarlos a un lugar distracción o diversión, dejándolos a cargo de “cuidadores”. Asimismo, ser más quienes adviertan que sus hijos no pueden ser su imagen y semejanza, sino ser el niño o la niña con el entendido de lo que es bueno, sano, agradable, productivo, ordenado, disciplinado y respetuoso. Ello, sin temor a las posibles experiencias de aprender a serlo por incurrencia del error en la propia convivencia.

El tiempo, la edad, el crecimiento y el desarrollo en sí del poder mental, hace que el niño o niña deba transitar de su “primer mundo” a otro, donde aprenderá a vincularse con un siguiente entorno que es la escuela – llámesele “segundo mundo” – pero, al que llega con todo aquello – saberes previos – experimentado y aprendido en el primero. Es esa transición, da cuenta si el padre de familia ha cumplido oportuna, y bien hecho, con el rol formativo de sus hijos. Por consiguiente, no es qué tanto ni cómo deba actuar la escuela, al igual que en la casa u hogar, sino qué tanto habrá que fortalecer, complementar y/o corregir en el comportamiento y conducta del niño o niña en ese nuevo entorno donde su experiencia será, no solo la de aprender a convivir con otros niños tan iguales y distintos a él o ella, sino la de aprender hasta en entornos de sana competencia entre los mismos.

Transitar a ese otro entorno que es la escuela, implica una nueva experiencia de vida regida bajo la formalidad del deber y el derecho igualitario de quienes tienen la condición de aprendices. Por lo que la informalidad de la crianza en la casa u hogar está obligada a sujetarse a la formalidad de la escuela como a la del estilo educativo, debiendo los padres obligarse al compromiso de su participación en lo que vaya o pudiera corresponderles de acuerdo con la similitud como la particularidad de sus hijos frente a sus pares.

De tal palo tal astilla… siempre y cuando “el parecido” contribuya al desenvolvimiento común y armonioso durante el transcurso de las experiencias formales de aprendizaje en este otro espacio de vida en comunidad de un niño o niña con sus pares.                         

         

          

          

              

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