Educar es un encargo
laborioso, y dicha laboriosidad recae en el hecho de saber enfrentar los desafíos
y las exigencias propias de educar. Pero, educar también es una tarea satisfactoria,
y lo es todas las veces que se evidencian los progresos del aprendizaje en sus
distintas manifestaciones, así como circunstancias, espacios y tiempos.
Quienes son padres, no tienen el encargo, sino exactamente la obligación de educar a sus hijos. Mientras tanto, quienes son maestros, si bien tienen el encargo, a éste le anticipa la obligatoriedad de una profesionalización para saber educar a los estudiantes.
En el hogar educan los
padres, y la obligación de educar a sus hijos yace en su indefensión y en el proceso
conducente de su adaptación provechosa a ese primer mundo que los rodea.
En la escuela educan
los maestros, y el encargo de educar a los estudiantes se rige de una oficialidad
que formaliza el tiempo e intención pedagógica que se reconoce como educación
básica escolar.
Hogar y escuela deben
educar de modo armonizado y enlazado. De tal manera, que lo aprendido en el
hogar encuentre significatividad en la escuela, y viceversa. Por tanto, lo
esperado es que se produzca una sinergia positiva entre el hogar y la escuela,
la misma que dé cuenta del ejercicio conjunto del encargo y la obligación de los
roles correspondientes y/o asignados a padres y maestros, ya que solo así se
educa mejor y sin contraposición ni interrupción del proceso y desarrollo de los
aprendizajes de los hijos y estudiantes, respetivamente.
Sin embargo, hoy en
día, el panorama educativo no se dibuja ni se pinta de ese colorido ideal y pretensioso.
Porque - salvo sus excepciones – de saberse un pasado en el que siquiera se intentaba,
en el presente no ocurre ni se intenta más.
Al Estado se le atribuye
responsabilidad sobre la mala educación. Pero, ello no exime a los padres ni a
los maestros de sus responsabilidades personalizadas ni conjuntas sobre la sinergia
negativa sucediendo entre el hogar y la escuela. Entonces, se trata de que padres
y maestros, así como Estado y sociedad en general, adviertan que las
consecuencias son esas avalanchas de desenfreno, avivamiento y frivolidad de conductas
y comportamientos, de los que hoy nos quejamos y lamentamos como severos males.
Pese a ello, equivocada e inadvertidamente somos también quienes toleramos, admitimos
y hasta consentimos como rutinario, usual, común y habitual, tales avalanchas.
Un hogar y una escuela
que no blinda a sus aprendices no hace sino exponerlos como victimas e incluso hasta
convertirse en imitadores o actores principales del desenfreno, avivamiento y
frivolidad. El desblindaje, no solo se produce porque hay padres y maestros que
no educan, sino porque educan mal. Sobre todo, quienes se van a los extremos de
la sobreprotección o el abandono. Estando también el malentendido de que quien educa
no corrige, no condiciona, no sanciona ni menos castiga.
Educar no quiere decir
cegar o ensordecer a los hijos o estudiantes sobre lo que acontece en su realidad.
Es más bien guiarlos y acompañarlos a enfrentar realidades distintas, bajo circunstancias,
desafíos y problemáticas acordes con su edad. Donde los escenarios puedan ser reales
o intencionalmente elaborados, para que a través de diversas, repetitivas y continuas
experiencias de aprendizaje, aprendan verdadera y significativamente a – por ejemplo
– reaccionar con desazón y disgusto emocional, y en simultáneo, con selectiva, crítica
y argumentativa racionalidad frente a estímulos provistos, justamente, de desenfrenos,
avivamientos o frivolidades.
Es casi inevitable que
se nos exhiban a modélicos personajes avivando su nula, poca o mala educación, incluso
hasta transformarse muchas veces en una retorcida fama que los distintos medios
de comunicación masiva publicitan. Pero, ni aún por eso es merecedora de tolerancia,
admisión o consentimiento, sino debe serlo del repudio y la condena social. Porque,
al paso que vamos, hay muestras de haberse trastocado la objetividad y positivismo
por complicidad e impunidad.
Hace rato que no se
hace la tarea, manteniéndose atrasada porque parece que padres y maestros se hayan
malacostumbrándose a aparentar cumplir con sus obligaciones y encargo. Mientras
que el Estado, y todos los demás conformantes de la sociedad en general, ni
siquiera miran de lejos, sino cierran los ojos.
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