Anterior al año 2000, hubo
aciertos y errores en el modelo pedagógico vigente durante ese tiempo.
Pero, si se comparan los resultados del modelo anterior con los del modelo
actual y vigente, y que lleva más de dos décadas en aplicación, bien calzaría
la frase de que… “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
No cabe duda de que los tiempos
cambian, y cambian con este hasta los modos de pensar, hacer y actuar. Debiendo
entenderse como cambio a toda propuesta con fines de actualización, modernización,
fortalecimiento, mejora, bienestar y progreso.
Es como hace 26 años aconteció
un cambio en la educación básica escolar, cuyos fines tal vez pudieron ser interesantes
y beneficiosos, pero que empezara mal desde el preciso momento de su imposición,
no solo obligando al profesor a cambiar de forma radical la forma, el modelo
y/o el estilo, con el que venía educando a los estudiantes de la escuela
pública, sino descalificando de obsoleto, caduco, desfasado, anticuado y arcaico,
el modelo anterior. Lo que claramente también significó su trabajo, ya que implicaba
el hecho de que los profesores no estaban educando bien, y que
consecuentemente, los estudiantes estaban siendo mal educados por los mismos.
Sin embargo, las expectativas de
modernidad y mejoras, contenidas en el impositivo cambio, no han ocurrido hasta
la fecha. Y, dígase modernidad y mejoras, en esa alta consideración y elevado
nivel, que estas mismas fueron presentadas y ofrecidas como propuesta de cambio.
Siendo lo real, no solo el hecho de no querer advertirse justamente esa
realidad, sino el hecho de la negación de estos, con esa increíble, pero
cierta, credulidad de que en el presente educamos mejor que en el pasado. Pasa,
entonces, que "la mala nota" del estudiante no es otra cosa que la consecuencia
de "las notas malas" del profesor, negando su desorientación
pedagógica.
La escuela pública – compréndase
a sus autoridades, docentes y demás - debe entender que hoy en día ya no se
puede educar como ayer, y que debe autoexigirse una “reorientación pedagógica”,
no solo por el error inicial de la radicalidad del último cambio, sino porque a
consecuencia de lo anterior, debe advertir que lo que se tiene compuesto como guía
educativa es un modelo pedagógico “frankenstein” de ideas, términos y demás.
Una escuela pública, “reorientada
en su pedagogía”, educa sin "atemorizar" al estudiante con la
mala nota. Exige esfuerzo, competencia y triunfo. Desinhibe cualesquiera de las
habilidades expresivas y comunicativas, pero marca sus límites. No sobrevalora.
No exagera. Aprovecha el tiempo. Califica no descalifica. Impone el deber de la
misma forma que otorga el derecho. Está atenta al mínimo detalle de las
experiencias pedagógicas y la convivencia escolar. Corrige y sabe llamar
oportunamente al orden y atención. Es disciplinada. Da cuenta de su valoración
al ser humano. Incluye todo su tiempo con los estudiantes como parte de sus
experiencias pedagógicas. Está enterada de todo cuanto importa en el proceso de
aprendizaje. Marca los límites de la conducta y el comportamiento porque
también sabe enseñarlos y practicarlos. Sirve de modelo. Propone retos. No es
complaciente sino desafiante y motivadora.
Asimismo, la escuela pública debe
entender que para que cualesquiera de sus acciones pedagógicas se condigan con su
propuesta de estilo o modelo pedagógico, no solo se somete a su evaluación, seguimiento,
control y supervisión, sino que se obliga a las exigencias de una constante y
permanente adecuación, a través del uso de la imaginación, creatividad e
innovación pedagógica, sobre sus métodos, técnicas, programas, insumos y
materiales pedagógicos que vayan y/o puedan demostrar o "evidenciar" que
sí educa, y no solo lo aparenta.
Entonces, que la mala nota no sea por las notas malas de la escuela...
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