Hoy la escuela no es la de ayer, y que no lo sea no está mal porque los tiempos cambian. Sin embargo, el cambio debe ser entendido como evolución; es decir, que la escuela no debe dejar de ser escuela, sino perfilarse hacia su mejoría en el servicio. Jamás distinta, ni peor.
Quienes han tenido y tienen la autoridad para cambiar la escuela,
debieron y deben procurar tales cambios, pero siempre bajo el referente del carácter
tradicional que, de uno u otro modo, ha legitimado su esencia al haber sido distinguida
como: “la escuela: el segundo hogar” o “la escuela: el templo del saber”. Ya
que solo así, a cualquiera de las posibles propuestas de cambio, no le estaría
permitido arrebatar su esencia.
Aproximadamente desde el año 2000 en adelante, la escuela no educa, sino
aparenta educar. Y, no es exactamente que no eduque en sí, sino que no logra enseñar,
ni se logra aprender, como dijeron sería, quienes decidieron desterrar al
modelo de educación anterior – llámesele tradicional – calificándolo incluso de
obsoleto para, y de ese modo, imponer otro modelo basado en el logro de capacidades
y competencias. Como parte de esa imposición, y hasta el momento, toda escuela está
obligada al denominado “día del logro”, el mismo que supone mostrar o exhibir,
no solo que el modelo educativo impuesto es novedoso e innovador, sino confirmar
lo caduco del modelo educativo anterior. Pero, pese al ajetreo del profesorado y
el sacrificio de los padres de familia – vistos muchas veces asumiendo gastos para
la presentación – el dichoso “día del logro”, contrario a su fin, solo viene siendo
una muestra y exhibición repetitiva de lo que anteriormente también se hacía en
la escuela, sino que ahora en una versión actualizada.
La escuela de hoy, y a diferencia de ayer, se haya tan sometida a sus
órganos superiores de disposición, control y supervisión, que al profesorado lo
mantiene extremadamente sumiso o rebelde. Pero, sumiso, en el sentido de no
hacer ni más ni menos de lo que dispongan tales órganos. Y, rebelde, en el
sentido de declararse en contra de todas las posibles buenas ideas de mejora en
el quehacer educativo, muchas veces propuestas por aquellos directores, entendidos
en el error de la escuela de hoy y actuando como verdaderos e innovadores lideres
pedagógicos.
La escuela de hoy tiene escrito mucho en el papel y muy poco
desarrollado en la práctica porque – como dice un refrán – del dicho al hecho
hay mucho trecho. Y esto seguirá ocurriendo mientras la exigencia documentaria
siga siendo tal, que mientras más se escriba y lea en el papel, así como más se
incorpore al listado de documentos de “la carpeta pedagógica”, solo sirva para satisfago
de quienes no quieren advertir que los vergonzosos resultados de aprendizaje y una
sociedad degradada por un vaga cultura, escaso conocimiento y déficit de valores
de su gente, es porque la escuela de hoy, y vigente desde hace aproximadamente
24 años – no educa, sino aparenta educar. Entonces, no hay peor ciego ni sordo
que quien no quiera ver ni oír.
La escuela debe integrar a los miembros de su comunidad, de manera tal
que sea vuelta una comunidad educativa.
Al respecto, se empieza con la familia por ser el núcleo de la sociedad.
Una buena familia implicará una buena sociedad porque es la reunión de familias
o miembros de estas en sus distintos roles, ocupaciones y representaciones. Y,
la familia es buena si todos sus miembros son bien educados – claro, en su debido
momento – tanto por sus padres como sus maestros. Una familia que no sabe educar
a sus miembros es porque en su momento tampoco fue educada, ya sea como persona
o parte de la familia de la que antes constituyó como hijo. Sin embargo,
aquello no debería convertirse en una especie de vicio hereditario o una
echadera de culpas sobre quienes nos antecedieron en la vida, sino el momento
oportuno, preciso y justificable para remediarlo y educar o aprender a educar,
sino dejarse educar por quienes lo saben hacer.
La escuela se debe a sus órganos de dirección y supervisión como lo son
su propio ministerio, gobierno regional, departamental y/o Ugel.
La familia se debe a las leyes y normas de su sociedad, y que son formuladas,
reguladas y controladas por las respectivas y distintas entidades del Estado.
La escuela reúne a las familias, y además de educar a los hijos de estas
porque es el lugar y momento oportuno, extiende su servicio a los padres de
familia. Aquí yace el meollo del asunto del porqué la escuela de hoy no educa,
sino lo aparenta. Es el Estado, a través de quien lo lidera o liderará en un
próximo gobierno, quien debe devolver a la escuela su autonomía y autoridad para
educar, y la escuela – a través de la opinión del profesorado – garantizar el cómo
la autonomía y autoridad le era necesaria, no solo para dejar de aparentar
educar, sino educar acorde a los nuevos tiempos y ciertamente de manera
integral a nuestros niños y adolescentes. Paralelamente, es el Estado, nuevamente
personificado en quien lo pueda liderar en el momento, quien en pocas palabras
y directamente al asunto, exhorte públicamente, y en señal abierta, al
profesorado y padres de familia a que cada quien atienda lo que les asiste en el
derecho como lo que les demanda el deber, debiendo el Estado previamente haberse
comprometido a disponer verdaderamente los recursos sobre las necesidades del
sector y no seguir malgastando el dinero público en “propagandas”, “favores”, “campañas”,
“implementaciones”, “asesorías”, “capacitaciones”, “edición de textos” y todo
cuanto demás que ha sido casi siempre ajeno y lejano a la realidad de las
necesidades de la escuela pública.
No pierdo la esperanza que algún día estén donde deben estar quienes son
y no quienes aparentan ser.

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