domingo, 12 de febrero de 2023
El mal genio y la mala suerte: ¿una cuestión del pie izquierdo?
martes, 24 de enero de 2023
"La ausencia de valores: muchas veces mentada y las mismas veces no atendida"
Los valores no se aprenden como valores en sí, sino como hábitos que se van forjando por la constancia de una práctica - casi natural - de simples actos comprendidos dentro de la cotidianeidad del desenvolvimiento, desarollo y socialización de la persona. Pero - eso sí - intencionalmente dependiente, tanto de la guía u orientación como de un interesado "educador", para que, de modo tal, vayan siendo observables en la conducta y comportamiento de quienes son sujetos del aprendizaje.
Los primeros educadores son los padres, tutores y/o familiares, conviviendo bajo un mismo techo con niños y adolescentes. Lo que debería conllevarlos a entender el grado de responsabilidad que recae sobre cada quien, porque la conducta y el comportamiento se forma o deforma de acuerdo a como padres, tutores o familiares, decidan asumir su tarea al respecto.
La tenencia de los hijos es correspondida natural y legalmente a los padres, y no es una victoria para quienes la pudieran haber recibido por un mandato judicial. Cuando el amor hacia los hijos es la mayor motivación de los padres, no se habla de victorias, ni obligaciones, sino simplemente de amor, y por ese amor es que despiertan el interés y el deseo de ver sanos, abrigados, alimentados, protegidos y bien educados a los hijos.
Desde otro lado está la escuela, la que no debe juzgar a aquellos primeros educadores si el caso fuera no estar asumiendo su tarea. Por el contrario, y ya que se supone somos los profesionales de la educación, debería la escuela mejorar e innovar sus mecanismos o estrategias de atracción y participación de los padres de familia en la labor educativa, sin importar siquera que la tarea se invierta, al no ser ellos quienes inicien la formación de la conducta y el comportamiento de sus hijos y sea la escuela la que la complemente en sus aprendices, sino al revés. Aunque, una vez conseguida la conciencia y el sentido sobre la tarea, los padres, no solo sabrán asumir lo suyo, sino evitarán esos malos entendidos de enfrentamientos o discordias contra la escuela, toda vez que se los insta a prestar atención sobre las posibles malas conductas e indebidos comportamientos de sus hijos.
En casa, ningun mal acto de los hijos debe pasar inadvertido. Cuanto más pequeños se dejarán llevar por la curiosidad, las emociones y ese no saber aún qué es lo correcto, aceptable o bueno, tanto para ellos como para quien tengan alrededor, debiendo no subestimarle la inteligencia a la hora de aleccionarlos. No se crea que, pasada la experiencia, fue logrado el aprendizaje. Tal vez sí en ciertos momentos o circunstancias, pero es importante recordar que el cerebro aprende por hábitos, y los mismos se van forjando por lo consecutivo de los actos.
En la escuela, ninguna posible mala conducta e indebido comportamiento, debe servir solo para el reproche a los padres. Educar en valores implica desgregar los mismos en actos y situaciones reales y cotidianas para incidir intencionalmente en acciones y reacciones de los aprendices que conlleven a seguir formándolos en buenos hábitos con respecto al bienestar personal y común entre todos los demás.
La educación básica escolar es intencionada, y por lo mismo es que se debe a una programación. Asimismo, si bien la politica educativa se alinea a una generalidad, la escuela es autónoma en el sentido, no solo de adecuar la generalidad, sino de imponer sus propias políticas o lineamientos de acuerdo a las necedidades, demandas, fortalezas, problemática, cultura social, espacio geográfico, recursos humanos, recursos económicos, idoneidad y cuanto demás debe advertirse siempre que el fin supremo sea educar a toda esa niñez y adolescencia ingresando y transcurriendo por sus aulas.
La casa y la escuela no son enemigas. Son espacios donde los hijos deben ser educados si están dentro de casa, y donde los aprendices siguen siendo educados si están dentro del colegio. Lo que debe ocurrir es una labor educativa conjunta, pero no en paralelo sino en constante intersección, porque haciendo cada quien bien su parte habrán mucho más en común aprendiéndose en ambas, y solo para el caso de la escuela, suplir las ausencias no aprendidas en casa.
sábado, 14 de enero de 2023
¿Cuándo importará el rábano?
No haber muestra social del despliegue de destacadas capacidades cognitivas e inteligencia emocional, supuestamente "tratadas" durante los 11 años de la formación básica escolar - sin contar el tiempo de la educación inicial - es el resultado de que, a quienes tienen el poder - así sea de turno - para hacer las cosas distintas y bien hechas, en lo que concierne a la educación pública, les sigue importando un rábano.
¿Cuándo importará el rábano? Según parece, nunca. Porque mientras las gentes de aquí, allá y más allá, sigan siendo fragilmente manipulables y propensas a la ferocidad del daño entre sí, justamente por incapacidad para identificar, replicar, cuestionar o, simplemente, decirle "NO" a cualquier posible manipulador o embustero; entonces, que no nos sorprendan los actos de barbarie cometidos por esa ola creciente de víctimarios discapacitados del buen juicio, las buenas costumbres y el control de las emociones.
Crecí creyendo que la Navidad es un tiempo de reflexión y compartir, y que el término del año un tiempo hacedor de sinceros deseos de prosperidad para el nuevo tiempo por iniciar. Sin embargo, también fui descubriendo que cada vez importa menos reflexionar, nada ni nadie comparte y aquello de un deseo de felicidad y prosperidad es solo un dicho de la boca para afuera. No es que sea extremista ni negativo, sino es la cruda realidad que a muchos no les importa porque, y aquí si en ambos extremos, unos viven sin importarles un rábano lo que les sucededa a los demás, mientras otros sobreviven de las consecuencias de lo que a las autoridades les importa un rábano su felicidad y prosperidad.
Hace dos décadas atrás se nos impuso una reforma educativa escolar sin consultas ni opinión de quienes saben y/o conviven dentro de aquella realidad social cuya comunidad educativa, no sólo es extensa por su población estudiantil, sino distante de otras donde no parece preocupar ni afectar mucho si debe comprar menos pan o quitar la leche del desayuno de sus hijos por el alza del precio de ambos productos, y ésto por así decirlo para hacer notar tal diferencia. Entonces, en lo que concierne a la gran población estudiantil, de la que se supone ya deben haber egresado generaciones de ciudadanos con altas competencias, destacadas capacidades y hasta inteligencia emocional, no ocurre ni pasa porque la obligación, tras la imposición de un modelo educativo mal concebido, no hace sino aparentar que se educa en el mismo.
Un pueblo desatado en la barbarie, si bien las autoridades deben actuar para frenar el hecho, lo que también debería pasar es demostrar que sí les importa el rábano; es decir, fijar atentamente la mirada hacia la falta de oportunidades que demanda un pueblo, no mal educado, sino al que se aparenta educarlo hasta en inteligencia emocional, porque quemar a un hombre vivo - si no nos hemos dado cuenta, y así haya sido un solo hombre - es la peor de las muestras que debe conllevar a entender que el rábano sí importa, sino quemar a alguien vivo será malentendido por las generaciones próximas que "todo se vale" si lo que quiere o antoja es demandar algo a los demás que, también malentedidamente, lo cree un derecho absoluto y exclusivo.
martes, 13 de diciembre de 2022
¡Alerta. Es más que un tema de casa!
Las buenas enseñanzas dadas en casa – por decir, hogar - deben corroborarse en la escuela, y así debe ser porque la educación básica formal es intencionada. Pero, cuando tales buenas enseñanzas no encuentran conexión ni compatibilidad con lo que discurre “programado” en la escuela, también es cuando se da rienda suelta al conflicto mental por el que se distorsionan ciertas ideas y pensamientos en los aprendices acerca del “quién soy”, “cómo ser”, “por qué yo” y demás. Y, no cabe duda que la referencia es sobre los adolescentes.
A
diferencia de cualquier otra época anterior, en la presente es como si se viviera
dentro de un campo minado o una zona de bombardeo. Lógicamente, sin ser una guerra
real, porque si lo fuera existiría la amenaza de salir herido o, en el peor de
los casos, llegar a morir, por no saber dónde están las minas, ni saber cuándo ni
dónde serían los bombardeos. Pero, de lo que aquí se trata, y siguiendo con la metáfora,
es que se entienda que en este campo o zona de batalla sí se conoce todo sobre
el enemigo; entonces, morir, salir herido o, simplemente, ser vencido, resultaría
absurdo.
Hace bastante
tiempo, la casa y la escuela, se ven enfrentadas. Desde casa, sucede que se andan
trasladando ciertas responsabilidades, sobre cualquier situación problemática con
los hijos, hacia la escuela. Mientras, desde la escuela, sucede una vuelta o
revés cuando se afirma que todo lo que les pasa a los aprendices es un tema de
casa.
En casa,
debe entender el padre de familia y/o tutor, que la tenencia de un hijo(a), no solo
está en el hecho de cumplir con la obligación legal acerca de la vivienda, salud,
vestido y escuela, sino está también en el hecho de esforzarse para servir de buen
ejemplo a los hijos. Las buenas costumbres y los buenos hábitos se aprenden en
casa. Las normas se aprenden en casa, y éstas en su sentido de conocimiento y experiencia
respecto al fin de su atención, así como el resultado o las consecuencias de su
omisión.
En la
escuela, debe entender el director, el equipo docente y demás, que a ellos se
les encarga oficialmente la educación básica de niños y adolescentes porque
cuentan con “el título” para hacerlo; lo que quiere decir, y siendo los
aprendizajes intencionados, que los educandos bien pueden aprender conocimientos
por áreas curriculares como buenas costumbres, buenos hábitos y demás normas y
reglamentos, sin desentenderse de estas últimas enseñanzas bajo la excusa de
que es un tema de casa.
Por
supuesto que hay malos hogares, pero no necesariamente malos hijos, debiendo
entenderse que los niños y los adolescentes cursan ese proceso natural, intensivo
e intencionado de aprendizajes y sostenimiento de su educación básica, y conforme
van creciendo, van siendo el reflejo de lo aprendido o, lamentablemente, lo no
aprendido en casa, y del mismo modo, en la escuela. Entonces, si el reflejo son
los escasos saberes, la distorsión de ideas y pensamientos, la desmotivación,
el auge de la mediocridad, las malas conductas y comportamientos y la
desobediencia casi absoluta a los deberes, normas y reglamentos, es porque –
hoy más que ayer – no solamente se persiste en el insulso enfrentamiento entre
casa y escuela, sino que cada vez parece importar menos no haber sintonía ni
compatibilidad de experiencias educativas entre uno y otro espacio donde van dándose
los aprendizajes básicos. Haber malos hogares – dígasele malos por el hecho de
no saber educar – y malas escuelas – dígasele malas por el hecho de no extender
sus alcances educativos, formativos y orientadores hacia los hogares – no han de
generar ese futuro anhelado y representado en los aprendices. Por otro lado, y
siendo la escuela la que ostenta el título de educadora, téngase en severa
cuenta que la solución no está en seguir engrosando los planes y programaciones
con terminología, principios, fines y demás, porque la mala educación solo se
combate con buena educación.
De
tanto, un caso son los adolescentes, quienes, en su desorientación natural, y
natural en el sentido de los cuestionamientos que se procuran a sí mismos o
entre ellos mismos, por el hecho, también natural, de “haber cambiado”, y de un
modo casi brusco – digamos, dejando de ser
para… ahora ser, o no teniendo para… ahora tener – implica que, tanto la casa
como la escuela, le preste mayor atención, dándole el acompañamiento, la orientación,
las aclaraciones y la suficiente confianza, para que vayan comprendiendo el proceso
de vida al que ninguno de los seres humanos es ajeno. Pero, si la escuela anda
negada a asumir ese rol, argumentando que lo que les pueda estar pasando a los
adolescentes es un tema de casa, estarán dejando a rienda suelta que se multipliquen
los casos extremos, donde haya quienes anden creyendo que autoflagelarse o autoeliminarse
es la opción por no ser quien es el otro(a) o, y al otro extremo, anden
creyendo que cada quien puede hacer y decir lo que le venga en gana porque es
tan valioso, y además su derecho absoluto, por el que nadie puede
contradecirlo. Al respecto, en las escuelas no es que falten psicólogos – claro,
tal vez sí donde no haya ninguno – sino falta liderazgo pedagógico y entera valentía
para atreverse a hacer lo que exactamente no le diga qué hacer este sistema
educativo, personificado mayormente en quienes satisfacen su autoridad atemorizando
a los colegas, sino hacer lo que pudiera estar demandando su atención sobre la realidad
educativa. Eso sí, y para no darle justificación al sistema y su personificado,
sabiendo comprometer a todo su equipo o comunidad educativa en las tareas por emprender.
viernes, 20 de mayo de 2022
Entre el cartón y la realidad
Cualquier pedagogía, sin innovación ni implementación
adecuada a los nuevos tiempos, conlleva a una pedagogía rutinaria, conduciendo
tanto al docente como al aprendiz, no sólo al aburrimiento y cansancio, sino al
ejercicio autómata de lo que cada quien debe hacer; entonces, se pierde el
sentido natural y propio del propósito pedagógico. Cosa que ocurrió con el
anterior modelo pedagógico denominado tradicionalista que, sin educar mal, cayó
en la rutina por falta de innovación.
En otro, y siguiente momento, los pocos resultados
de una educación intrascendente y casi mecanizada, produjeron un interés,
dizque de los especialistas educativos, en “los cartones”; es decir, el viejo
director(a) podía ser reemplazado por quien tuviera – además del título pedagógico
– “la maestría”. Es más, la plana docente con más cartones – entre tantos, “la
maestría” – se creía la garantía para asegurar la ansiada educación de calidad
en las escuelas públicas. Paralelamente, a la educación tradicional se la
descalificaba como inservible u obsoleta para imponer a rajatabla un modelo
constructivista sin advertir idiosincrasia, naturaleza, correspondencia, posibilidad,
defensa ni respeto por lo que se quería desraizar. Tampoco, e increíblemente, sin
advertir que el cartón de la maestría no iba curricularmente acorde con la imposición
“constructivista” sino tradicionalista de la educación. Mucho menos interesó el
cómo y de dónde solventar dicho cartón frente a las penurias económicas y demás
jugándoles en contra al profesorado, porque hasta ahora importa más se ostente antes
que saber, hacer y ser; entonces, he ahí uno de los posibles orígenes de lo que
recién hoy – con la tesis del Sr. Pedro y la Sra. Lilia – se advierte públicamente
lo sucedido entre el cartón y la realidad.
Los resultados educativos en este tiempo no
fueron diferentes al anterior sino, y tal vez, peores porque – parafraseando al
constructivismo – el conflicto cognitivo del aprendiz fue a parar en mayores, distintos
y peores conflictos para quienes se supone debían ser los expertos “facilitadores”
del conflicto y la solución (aprendizaje). Entonces, entre tanto tirar y jalar de
la misma cuerda, por lógica es que haya desgaste con alta probabilidad de
llegar a romperse para luego descolgarse y caer quienes de esa misma cuerda dependieran
su sostén, seguridad o estabilidad. Pues, contrario a cambiar de cuerda o
facilitar otros implementos para que suceda cosa distinta a la mala y/o intrascendente
educación básica escolar, se apostó por una carrera pública magisterial basada
en “escalas” y “meritocracia” para que supuestamente estén y sean los que deban
estar y ser. Pero, lo que pasa es que se anda de mal en peor porque las cosas
no se hacen bien, y bien en su sentido de haber autoridades interesadas en
respaldar y poner en manos de verdaderos educadores – hechos maestros, no tanto
por el cartón, sino por las dotes de vocación de servicio, elevada capacidad y
don de gente – los posibles cambios y correctivos para las consecuentes mejoras
ante tanta cosa mal hecha.
Definitivamente, y salvo excepciones, entre el
cartón y la realidad pasa que en el primero dice se reconozca como tal a la
persona, mientras en lo segundo, la realidad, sucede haber personas desacreditando
el valor del primero.
Necesariamente, si el profesorado no es hidalgo en reconocer que cualquiera de los cambios empieza antes por cambiar nosotros mismos en cuanto a lo que nos pueda desmerecer y señalar debilidad, los aprendices estarán expuestos tal vez a saber, pero no hacer ni ser. De ese modo, y así se nos diga que mirar hacia la educación es un tema de resultados a un largo o extenso plazo, si el cambio no se procura hoy, mañana serán dos días más agregados a ese largo plazo.
domingo, 1 de marzo de 2020
La persistencia juega en contra si persevera la obstinación de lo que no aplica.
Haber parecido novedosa, buena, correcta o bien intencionada la teoría, y no siéndola en su práctica o aplicación, es obstinación su persistencia.
Al 2020, el Estado no quiere dar el pitazo final ni siquiera uno de medio tiempo sobre el partido - en el que contradictoriamente a la relevancia del sostén de su propia teoría - los jugadores, entrenadores, espectadores e hinchada, concurren cual autómatas al juego. Se juega mal y se obliga al festejo.
Al 2020, tampoco el profesorado deja el juego. Hay quienes se han habituado y le sacan provecho al ofertar los boletos de entrada o comercializar las camisetas y vinchas, sanguches y refrescos, y demás. Si no véanse la cantidad de ofertas sobre planes de "capacitación" o "especialización", cada una con mejor propaganda que la otra, bajo el ofrecemiento de convertir a los participantes en los jugadores con la camiseta número 10 en la espalda.
En fin, tal vez sea ese el objeto del marketeo y también la posible intención del Estado, pero es notorio que distrae la atención del profesorado sobre lo que no hace ni se atreve ni intenta hacer hasta el momento. Cae en el juego. Sigue en el juego. Y, no se trata de abandonarlo ni actuar en contra de la vocación. Que no se confunda porque es justamente por vocación que quien es maestro no abandona la tarea sino hace y cumple con su tarea.
Es lamentable que hasta la fecha no haya propuesta de otro juego. Claramente, no otro en el que se juegue por jugar o, sin mayor argumento, se quiera cambiar el juego a razón única y sostenible de no saberlo jugar.
Se persiste en un sistema que obliga a jugar mal. Lo que está vuelta una obstinación porque pese a saberse malo se continúa y amedrenta al jugador si dejara de jugar mal.
Por otro lado, jugar mal parece haber habituado a otros a cierto nivel de aceptación de su mal juego, quienes lejos de sentir remordimiento o culpa por una tarea mal hecha distorsionan la realidad, adoptando una falsa creencia y postura de vanguardistas de la pedagogía por el simple hecho del eco o repitencia sonora al cacarear vocablos tales como: "neurociencias", "sinapsis", "cualitativo", "rúbricas", "evidencia del desempeño", "estándar", Etc.
Hasta cuándo un profesorado receptivo, pasivo y dominado al punto de no actuar sino preferir esperar se le diga qué hacer. Y, con ésto no a intención de una rebelión sino de avivar la vocación de servicio cual razón de la profesión.
La educación básica escolar demanda la intervención del profesorado en el plan, diseño y construcción del camino a recorrer. Lo que no quiere decir hacer las cosas a espaldas del Estado sino acompañado del mismo. Sin embargo, lo visto es una participación de dizque líderes ocupando cargos de dirigentes, especialistas, asesores, consejeros, directores o ministros (la saliente ministra fue maestra), donde casi todos - sino todos - los que anduvieron o andan por esos lares, olvidan - cual acto de magia - a qué fueron o para qué llegaron.
Del profesorado se espera su autoría de otra propuesta que le permita, no sólo hacer su tarea, sino hacerla bien. Implica no satanizar a la escuela del método tradicional ni endiosar a otras al extremo de desterrar a una e imponer a otra. Por el contrario, deben las teorías ser confrontadas con la realidad - con nuestras distintas realidades - para dejar de hacer lo que pudiera estar haciéndose mal, fortalecer lo que pudiera estar haciéndose bien y hacer lo otro que pudiera hacerse y no se hace.
No se trata de un concurso de "huellas" que pueda dejar el maestro o alguna otra convocatoria concursal igual o parecida. De lo que se trata es de que no se diga que cualquiera enseña, y por lo mismo cualquiera opine, critique, desluzca la profesión y se ponga al mando de los destinos de la educación básica de nuestros niños y adolescentes, sobre todo de las escuelas públicas.
Al Estado debe exigírsele, y no esperar de brazos cruzados, revalide la autonomía de la escuela y la autoridad del maestro, pero siempre que una y otro propongan su alternativa de modelo pedagógico, bajo el entendimiento de que no hay ni escuela ni maestro que haga cosa distinta a no querer educar.
Debe exigírsele que la supuesta apertura y flexibilidad del diseño curricular, en su dizque adaptación a la realidad, se cumpla. A la fecha, no aplica. No te dejan. Sólo cabe en el discurso y, valga la redundancia, no en la realidad.
- ¡Así se hace! y ¡así debe hacerlo! - Es la consigna.
Ya basta de caerle encima a la escuela pública con aquello del acompañamiento pedagógico, ya que no se entrega la autoridad por entregar. Está mal interpretada como el poder de muchos para someter al profesorado bajo el escaso criterio pedagógico de ciertos acompañantes a los que debería pregúntatarsele: ¿quién manda a quién? o ¿quién acompaña a quién?
Desde el gobierno central, y especialmente desde su ministerio y todo lo que lo componga hasta su descentralización estamentaria y funcional deben, no sólo dejar de mirar a las escuelas y su profesorado como enemigos, sino respetarlos, y dejar que otros no se lo falten.
Es claro que aunque el sistema diga ahora educar para construir nuestros propios pensamientos, en la realidad ocurre que ni se educa ni se deja pensar.
El profesorado tiene la palabra.
martes, 18 de febrero de 2020
¡Sí, juro!
- ¡Juro que no lo hago más!
- ¡Prometo cumplir!
- ¡Mañana mismo lo devuelvo!
- ¡Mi compromiso es con todos los peruanos!
- Etc.
Se ha permitido llegar a una realidad donde se hace jurar a los políticos o "padres de la patria" en un acto que pasó de lo protocolar al chiste.
Incluso se ha visto, por libertad de credo y religión, que otros juran no por Dios sino por quien es y la patria, e igualmente es un chiste.
Entonces, se jura en vano. No se cree en el juramento. Lo que no quiere decir eliminarlo del protocolo sino empezarnos a preocupar qué viene después.
¿Todo por la plata?, la plata se gana, y se gana con esfuerzo devenido del trabajo. Pero no hay plata ni trabajo, ni juramento que sostenga lo habrá para todos, porque quienes juran - no cruzan los dedos - "hacen contra".
Si la palabra, incluso jurada ante un altar, la bandera, la constitución o por la madrecita, no tiene ningún valor, es porque el hombre, no sólo ha dejado de valorarse a sí mismo, sino a los suyos y a los demás.
Quien dijera: "de pan no sólo vive el hombre", no se refería a la falta del camote, chicharrón, tamal y café para completar el banquete, sino a que somo más que carne y hueso.
"Si sólo la educación salva a los pueblos"; en boca de un gobernante o "padre de la patria" huele feo por la halitosis crónica que no se cura así chupe harto caramelo de menta, se tome el frasco completo de enjuaje bucal o cepille todo el santo día.






