martes, 30 de julio de 2024

La escuela de hoy

 

Hoy la escuela no es la de ayer, y que no lo sea no está mal porque los tiempos cambian. Sin embargo, el cambio debe ser entendido como evolución; es decir, que la escuela no debe dejar de ser escuela, sino perfilarse hacia su mejoría en el servicio. Jamás distinta, ni peor.

Quienes han tenido y tienen la autoridad para cambiar la escuela, debieron y deben procurar tales cambios, pero siempre bajo el referente del carácter tradicional que, de uno u otro modo, ha legitimado su esencia al haber sido distinguida como: “la escuela: el segundo hogar” o “la escuela: el templo del saber”. Ya que solo así, a cualquiera de las posibles propuestas de cambio, no le estaría permitido arrebatar su esencia.

Aproximadamente desde el año 2000 en adelante, la escuela no educa, sino aparenta educar. Y, no es exactamente que no eduque en sí, sino que no logra enseñar, ni se logra aprender, como dijeron sería, quienes decidieron desterrar al modelo de educación anterior – llámesele tradicional – calificándolo incluso de obsoleto para, y de ese modo, imponer otro modelo basado en el logro de capacidades y competencias. Como parte de esa imposición, y hasta el momento, toda escuela está obligada al denominado “día del logro”, el mismo que supone mostrar o exhibir, no solo que el modelo educativo impuesto es novedoso e innovador, sino confirmar lo caduco del modelo educativo anterior. Pero, pese al ajetreo del profesorado y el sacrificio de los padres de familia – vistos muchas veces asumiendo gastos para la presentación – el dichoso “día del logro”, contrario a su fin, solo viene siendo una muestra y exhibición repetitiva de lo que anteriormente también se hacía en la escuela, sino que ahora en una versión actualizada.     

La escuela de hoy, y a diferencia de ayer, se haya tan sometida a sus órganos superiores de disposición, control y supervisión, que al profesorado lo mantiene extremadamente sumiso o rebelde. Pero, sumiso, en el sentido de no hacer ni más ni menos de lo que dispongan tales órganos. Y, rebelde, en el sentido de declararse en contra de todas las posibles buenas ideas de mejora en el quehacer educativo, muchas veces propuestas por aquellos directores, entendidos en el error de la escuela de hoy y actuando como verdaderos e innovadores lideres pedagógicos.     

La escuela de hoy tiene escrito mucho en el papel y muy poco desarrollado en la práctica porque – como dice un refrán – del dicho al hecho hay mucho trecho. Y esto seguirá ocurriendo mientras la exigencia documentaria siga siendo tal, que mientras más se escriba y lea en el papel, así como más se incorpore al listado de documentos de “la carpeta pedagógica”, solo sirva para satisfago de quienes no quieren advertir que los vergonzosos resultados de aprendizaje y una sociedad degradada por un vaga cultura, escaso conocimiento y déficit de valores de su gente, es porque la escuela de hoy, y vigente desde hace aproximadamente 24 años – no educa, sino aparenta educar. Entonces, no hay peor ciego ni sordo que quien no quiera ver ni oír.

La escuela debe integrar a los miembros de su comunidad, de manera tal que sea vuelta una comunidad educativa.

Al respecto, se empieza con la familia por ser el núcleo de la sociedad. Una buena familia implicará una buena sociedad porque es la reunión de familias o miembros de estas en sus distintos roles, ocupaciones y representaciones. Y, la familia es buena si todos sus miembros son bien educados – claro, en su debido momento – tanto por sus padres como sus maestros. Una familia que no sabe educar a sus miembros es porque en su momento tampoco fue educada, ya sea como persona o parte de la familia de la que antes constituyó como hijo. Sin embargo, aquello no debería convertirse en una especie de vicio hereditario o una echadera de culpas sobre quienes nos antecedieron en la vida, sino el momento oportuno, preciso y justificable para remediarlo y educar o aprender a educar, sino dejarse educar por quienes lo saben hacer.          

La escuela se debe a sus órganos de dirección y supervisión como lo son su propio ministerio, gobierno regional, departamental y/o Ugel.

La familia se debe a las leyes y normas de su sociedad, y que son formuladas, reguladas y controladas por las respectivas y distintas entidades del Estado.

La escuela reúne a las familias, y además de educar a los hijos de estas porque es el lugar y momento oportuno, extiende su servicio a los padres de familia. Aquí yace el meollo del asunto del porqué la escuela de hoy no educa, sino lo aparenta. Es el Estado, a través de quien lo lidera o liderará en un próximo gobierno, quien debe devolver a la escuela su autonomía y autoridad para educar, y la escuela – a través de la opinión del profesorado – garantizar el cómo la autonomía y autoridad le era necesaria, no solo para dejar de aparentar educar, sino educar acorde a los nuevos tiempos y ciertamente de manera integral a nuestros niños y adolescentes. Paralelamente, es el Estado, nuevamente personificado en quien lo pueda liderar en el momento, quien en pocas palabras y directamente al asunto, exhorte públicamente, y en señal abierta, al profesorado y padres de familia a que cada quien atienda lo que les asiste en el derecho como lo que les demanda el deber, debiendo el Estado previamente haberse comprometido a disponer verdaderamente los recursos sobre las necesidades del sector y no seguir malgastando el dinero público en “propagandas”, “favores”, “campañas”, “implementaciones”, “asesorías”, “capacitaciones”, “edición de textos” y todo cuanto demás que ha sido casi siempre ajeno y lejano a la realidad de las necesidades de la escuela pública.   

No pierdo la esperanza que algún día estén donde deben estar quienes son y no quienes aparentan ser.