Arrancó
un nuevo año, espero sea de nueva oportunidad para todo y para todos. Para
todo, haciendo referencia a aquellas cosas buenas o positivas que deberán continuar
o, necesariamente, cambiar. Y, para todos, porque hay quienes no la tuvimos y, minutos
antes de culminar el año viejo y empezar el año nuevo, les aseguro nos hemos
esperanzado en que así sea.
“Dios
aprieta, pero no ahorca”, suele decir una sentida frase para hacernos entender
que transcurrir la vida no es fácil. Sin embargo, ¿quién no quisiera “tenerla
fácil” en el buen sentido interpretativo de la misma?
Quién,
siendo adulto, no siente el apretón cuando no tiene un trabajo estable del cual
le provenga una remuneración fija. Quién, siendo hijo, no la siente si de quien
hablé fue de sus padres. En la imperfección se dice sostener la condición
humana, pero no puede ser imperfecto que algunos tengan mucho, pocos no tengan
casi nada y una gran mayoría sufra de pobreza extrema. Una clave de solución está
en una mayor cantidad de oportunidades de trabajo y, más, en la creación de
esas oportunidades para que se atienda tanto estado doloso y crítico de esa imperfección.
Basta
de tanto daño “gratuito” entre nosotros. Pediría, si su condición está en el
plano de una holgada economía, no siga enfrascado en creer que “otros” no la
merecen. Pediría, si su condición es contraria a la anterior, dejar de creer
que todo ha de venir “de regalo”. Pediría, si su condición no está en
cualquiera de los dos extremos, que siga en su lucha por y para ir alcanzando mejor
calidad de vida, pero en lucha o juego limpio. Esto último lo digo con la convicción
del caso porque en carne propia fui víctima de una guerra sucia en la que hasta
tirado en el suelo intentaron darme de golpes; claro, haciendo alusión
metafórica a la lucha.
El
fin de un año e inicio de otro, creo colma de expectativas a cualquiera. Magullado
por la caída y los golpes ya me he levantado con mayor experiencia de vida,
pero no debería alcanzarse la misma a base de abusos, bajezas y daño gratuito
generado por otros. En fin, todos esperamos cosas nuevas en este nuevo año que
nos permita logros personales, laborales y todo lo que nos conduzca a mejorar
en esta vida.
No
olvidemos que estamos necesitados de educación. Pero, no de aquella impartida
en un salón de clases, sino de aquella que nos humaniza, y que para unos la han
dejado relegada u olvidada. Y, para otros, sin haberla aprendido, querido
aprenderla o enseñarla.
¡Feliz
y Próspero Año 2015!
Edgar Andrés Cuya Morales
Pedagogo

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