Por un lado, ha ocurrido que a menos tareas más aprobación
de los padres de familia a la hora de valorar el servicio educativo de las
escuelas. Atreviéndose, incluso, a calificarlas de mayor renombre o prestigio,
así como descalificarlas, de acuerdo con la cantidad de tareas, obteniendo la
gloria aquellas escuelas “sin tareas para la casa”. Criterio inaceptable.
Por otro lado, no ocurre el interés de la escuela –
salvo excepciones – por enfocar o encauzar la intención pedagógica de las
tareas escolares, lo que desmerece, no solo la profesión docente, sino la
calidad de enseñanza.
Primero, entonces, hay que poner a consideración que, aunque
la propaganda ministerial divulgue, televisiva o virtualmente, que este
gobierno le pone punche a todo, la cruda realidad describe que no estamos mejor
que antes, ni menos a la vanguardia en calidad educativa; por tanto, no se
trata de “endemoniar” a la tarea escolar para extinguirla del quehacer
educativo, creyendo con eso ayudar a la mejora de la labor educativa, sino
asumir – docentes y magisterio – que no hemos sabido portearla en el tiempo para
estar acorde con las exigencias del mismo.
La tarea escolar no es una extensión de la clase.
Menos, sirve para completar lo que no pudo concluirse en la misma. Tampoco, una
extensa batería repetitiva de ejercicios “tipo” para que el educando memorice
la lección.
La tarea escolar es el medio para habituar al educando
a verse responsable sobre algo y, ese algo, definitivamente condicionado a sus
intereses – o al despertar de estos – para iniciar el proceso de construcción
de su identidad y carácter, o fortalecerlo – según sea la edad y transcurso en
el grado, nivel o ciclo educativo correspondiente – y, consecuentemente, también
generar e ir reconociéndole la creatividad, pero no aquella mal entendida y
concentrada única y solamente en el arte. De tal manera que – sin siquiera
preocuparnos en conceptualizar el término responsabilidad – es como la
intención pedagógica de la tarea se va concretizando y conllevando al educando
a aprender a valorar su tiempo fuera de la escuela, el mismo sobre el que principalmente
vaya dando cuenta del uso y destino para resolver o atender sus asuntos y,
entre tantos posibles asuntos, uno específico para la tarea escolar.
Lo que sigue ahora es saber qué tarea escolar. Pues,
“investigar”. Pero, no bajo parámetros ni exigencias del método científico – no
todavía si lo que no se sabe de tarea escolar recién se está por saber – porque
sería más de lo mismo; es decir, desvirtuar la intención pedagógica – por parte
del docente – y el consiguiente aborrecimiento y rechazo a las tareas escolares
– por parte del educando – convirtiéndose aquello en argumento para medir y descalificar
el servicio escolar por parte de los padres de familia.
Sépase que el mundo al que nos vemos rodeados cada uno
es una fuente cuantiosa e inagotable de información. Esa información está ávida
para ser recogida a través de la experiencia y creatividad. Es más, hoy la
tecnología nos la pone más al alcance, a diferencia de lo lejana o trabajosa
que fue hace poco nomás para otras generaciones; es decir, hay mucho por saber y
es más fácil “investigar” para saber.
Entonces, pongámonos al día, y lo haremos los docentes
y las escuelas dejando de hibernar la creatividad pedagógica, empezando por
pensar a “discriminar” – entre tanta información – la relevante, de lo irrelevante,
para luego atenuarla a los intereses propios de la edad, al nexo con la
currícula escolar y a la mayor estimulación del cerebro – más, cuándo hoy se
sabe cómo aprende mejor el mismo – de modo que la tarea escolar dé cuenta que no
debe volver a ser juzgada sino valorada porque no se trata de abultarla o
aminorarla de cantidad, ni continuidad, ni sobreexigencia académica, sino de calidad pedagógica.
- - ¿Tienes tarea? – pregunta la mamá
- - Sí, mamá. – responde el hijo
- - ¡¡¡Pero, esta tarea sí que la entiendo y está interesante!!! – alega, con cierto
tono de placer, el hijo
He ahí la tarea sobre la tarea que le concierne a
quienes nos profesionalizamos en educación escolar.
