jueves, 14 de agosto de 2025

VALORES RELEGADOS por Edgar Andrés Cuya Morales

 

La imagen adscrita al contenido de la presente es una ocasional escena – capturada con la cámara de mi celular – que no debe pasar inadvertida porque describe un claro ejemplo del sitial relegado de los valores hoy en día.

Quizá, algunos digan que la cosa no es para tanto. A otros, quizá, no les parezca ajustarse a su realidad. Y, tal vez, haya demás posibles objeciones a la realidad expuesta. Pero, por más que se pretenda negar la realidad, no cabe duda andar desbordadas las excesivas y lamentables demostraciones que nos describe como una sociedad conviviendo bajo el régimen de “la ley de la Selva”. Al respecto, hago notar que al año 2025, si bien podemos hallarnos sorprendidos y maravillados con tanto avance y adelanto tecnológico, también no podemos ignorar que estamos siendo sujetos, y hasta cómplices, de una reversión o retroceso evolutivo sobre la conducta y comportamiento humano que no correspondería a este tiempo de evolución. Siendo una sociedad bajo el imperio del mal ejemplo, no solo deteriorando las buenas costumbres y hábitos, sino exhibiéndose con mayor y harta frecuencia, y sin el menor reparo posible, entre el común de las gentes y hasta entre quienes ocasional y desgraciadamente anduvieron y andan de turno como autoridades máximas de este país.

Conforme ha evolucionado el hombre, le han asistido una serie de espontaneidades de naturaleza social, las mismas que cuentan haber regido oficiosamente, y desde el principio, su comportamiento y conducta individual dentro o fuera de los posibles espacios formalizados o no formalizados de socialización. Además, tales espontaneidades habiendo sido connaturalmente aprobadas y cumplidas, no solo con el hecho propio del paso del tiempo en una convivencia armoniosa, sino por la consiguiente satisfacción del progreso y desarrollo durante el transcurso de su historia y evolución.  

A esas espontaneidades de naturaleza social indudablemente le ha sido correspondida una valoración por su funcionalidad inherente, para casi de inmediato otorgarle la denominación de “valor”. Con ella, una exposición de ideas o conceptos que han solventado su descripción, agrupación y clasificación por cuanto se han ido sumando y enlistando como tales.

Los valores se transmiten e inculcan. Tienen su tiempo de aparición y punto de partida en el espacio familiar. Se aprenden traslativamente de generación en generación dentro de las llamadas buenas costumbres y sanos hábitos, constituyendo el común conjunto de aprendizajes distinguidos en cada uno de los ambientes familiares u hogares.

A ese punto de partida le continúa la escuela, la misma que a diferencia del ambiente familiar es distintiva por la formalidad y obligatoriedad de los aprendizajes – entre tantos los valores – de la educación básica escolar. La escolaridad está comprendida en una etapa regular de presencialidad; en consecuencia, con tiempos de larga convivencia del aprendiz con sus pares durante el transcurso en los diferentes niveles y ciclos de la educación escolar.  Siendo una práctica común y cotidiana la exposición y confrontación de valores que serán complementados y consolidados en función y atención con el objetivo de la sana convivencia y el logro de los aprendizajes planteados.

Seguidamente, y alcanzada la mayoría de edad a los 18 años – la misma que legalmente nos hace ciudadanos con decisión y voluntad propia – los valores son puestos a la palestra, bajo el supuesto de su consagración, esta vez para responder y atender las demandas de la convivencia en los nuevos y distintos espacios de socialización, y que en adelante serían propios del transcurso, despliegue y desarrollo de la vida del adulto en sí.         

Sin embargo, hoy vivimos una realidad distinta que no tiene ese color de rosa, sino está hecha una situación dolorosa, y por la misma, debiendo obligarnos a despertar el interés por atender la causa del quiebre o crac, ocurrido no hace mucho y que ha originado el inicio de un desprendimiento y relego de los valores. Sin duda alguna, no en quienes estuvieran enraizados, sino en esa mayoría de gentes en posición endeble, con conceptos desfigurados y tergiversando que “lo malo es bueno”, “lo insano es sano”, “no importa que robe, pero que haga obras” o “la excepción es la norma”.

Lejos de indagar sobre el momento de ese quiebre o crac, intentemos prestarles atención a los siguientes hechos o asuntos: la sobrevaloración del derecho puesto por encima de cualquier deber. La propia autodestrucción de los núcleos familiares. La inmediatez para darle cabida, en los medios televisivos y demás, a conductas y comportamientos aberrantes. El gran festejo colectivo por la mediocridad. El borrón y cuenta nueva hasta por la comisión de actos criminales. El chisme y el escándalo “facturan”. Una carrera pública magisterial abundante de profesores, pero carente de maestros. 5 presidentes de la República en prisión. El imperio de la ignorancia atrevida. Lo fácil y rápido para herir o manchar honras públicamente. La inclusión con exclusión. A más actividades escolares (con gastos y cuotas de pago) mejor la enseñanza. El día del logro escolar. La soga rompiéndose por el lado más débil, pero también usada para asfixiar al mismo. Sobones y felipillos por doquier. La escuela señalando culpas al hogar, y viceversa. Una currícula desdicha en su propia práctica escolar. El perdón convertido en impunidad para el pecador. La mentira como hábito común y corriente a todo nivel. Ciclistas, “scooteristas” y motorizados, circulando con descarada omisión al reglamento de tránsito. Advertir un problema te etiqueta de problemático. Ejercer la autoridad para que otros cumplan su deber te etiqueta de autoritario. Escuelas sin líderes pedagógicos. Obediencia casi ciega a un modelo pedagógico que hasta ahora no logra lo ofrecido en la propaganda. Modernidad administrativa y pedagógica sostenida del destierro de trascendentes y valoradas prácticas tradicionales. Se cumple por cumplir. Ausencia en “las escuelas de padres”. El uso de la memoria para aparentar ante un público haber aprendido. La autonomía de las instituciones educativas proclamadas en el papel, pero avasallada en la práctica por sus propios verdugos de la pedagogía. Etc.

Definitivamente, todo un caudal de insalubres, desproporcionadas, dañinas y preocupantes situaciones que atraviesan por un punto de causa común: FALTA DE EDUCACIÓN. No habiendo hasta el momento autoridad alguna interesada verdaderamente por la educación. Es más, hay quienes justifican tal desinterés con la excusa de que “educar es un plan con resultados a largo plazo”, optando por el maquillaje, la propaganda y las falsas promesas ante la urgencia educativa. Muchos no entienden. Otros, no quieren entender porque “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Si bien educar es un plan con resultados a largo plazo, lo que no entienden es que, si no se empieza hoy, este es un día más extendiendo o alargando ese plazo. Además, y en el preciso momento que “educar” sea una real y firme decisión de Estado, todos los aprendices no estarán en la fase inicial de su educación básica para decir que el plazo es largo, como tampoco los núcleos familiares.

Ojalá, haya quien lo haga, y no sea como pedirle peras al olmo. Se supone que cada 4 o 5 años tenemos la oportunidad de elegir a nuestros máximos representantes en el gobierno. Una oportunidad para no repetir las desgracias y desastres que pudieron haber hecho tantos y diversos malos y corruptos gobernantes. Sin embargo, no cabe duda de que segura, y nuevamente, aparecerán y reaparecerán estos siempre candidatos con el también discurso de siempre, ofreciendo justamente todo lo que les gusta oír a la mayoría de las gentes que no aprenden de lecciones, así los tengan maleducados, sin trabajo y con hambre.

- ¿Y qué le gusta oír a esa mayoría de tales gentes?

Pues, y como lo dice una añeja canción: “que traerán planes de todo tamaño y extensión. Que construirán casas hasta de 80 pisos. Que traerán a expertos en el cultivo del perejil. Que comprarán buques y aviones en pelotón. Que las carreteras correrán solas y las corvinas – sobre las olas – nadarán solas con su limón” (Parlamanía - del siempre recordado don Jorge Pérez, “El carreta”).

Es cierto que cada uno debe empezar por cambiar para juntos hacer el cambio, pero también es cierto que sin conciencia ciudadana y mal educados difícilmente una gran mayoría dará cuenta propia de sus carencias y defectos. Entonces, y nuevamente, la esperanza está cifrada en la elección de las próximas autoridades, debiéndonos detener, antes de actuar o “abrir por abrir la boca”, para pensar o buscar y escuchar a quien sabe, y así no volver a elegir, desde mamarrachos, faranduleros, barrenderos o mototaxistas hasta posibles profesionales, pero todos escasos de capacidad, criterio, honorabilidad y don de gente. Es urgente saber dónde andan aquellos buenos peruanos que viven modelando con el buen ejemplo y ejerciendo firmeza sobre las decisiones de cambio que parece nadie quiere advertir en este país.

Por solo dos valores podemos empezar a unirnos en recuperar: “Respeto” y “Responsabilidad”. Los demás, vienen o surgen por defecto.                                           

      

              

   

              

   


sábado, 28 de septiembre de 2024

Tareas escolares: ¿sí o no?

 







Todo un debate está generado a propósito de “las tareas escolares”, y ello porque se ha desvirtuado su intención pedagógica del incentivo de la responsabilidad e investigación como parte del proceso de enseñanza-aprendizaje de los educandos. 

Por un lado, ha ocurrido que a menos tareas más aprobación de los padres de familia a la hora de valorar el servicio educativo de las escuelas. Atreviéndose, incluso, a calificarlas de mayor renombre o prestigio, así como descalificarlas, de acuerdo con la cantidad de tareas, obteniendo la gloria aquellas escuelas “sin tareas para la casa”. Criterio inaceptable.  

Por otro lado, no ocurre el interés de la escuela – salvo excepciones – por enfocar o encauzar la intención pedagógica de las tareas escolares, lo que desmerece, no solo la profesión docente, sino la calidad de enseñanza. 

Primero, entonces, hay que poner a consideración que, aunque la propaganda ministerial divulgue, televisiva o virtualmente, que este gobierno le pone punche a todo, la cruda realidad describe que no estamos mejor que antes, ni menos a la vanguardia en calidad educativa; por tanto, no se trata de “endemoniar” a la tarea escolar para extinguirla del quehacer educativo, creyendo con eso ayudar a la mejora de la labor educativa, sino asumir – docentes y magisterio – que no hemos sabido portearla en el tiempo para estar acorde con las exigencias del mismo.

La tarea escolar no es una extensión de la clase. Menos, sirve para completar lo que no pudo concluirse en la misma. Tampoco, una extensa batería repetitiva de ejercicios “tipo” para que el educando memorice la lección.

La tarea escolar es el medio para habituar al educando a verse responsable sobre algo y, ese algo, definitivamente condicionado a sus intereses – o al despertar de estos – para iniciar el proceso de construcción de su identidad y carácter, o fortalecerlo – según sea la edad y transcurso en el grado, nivel o ciclo educativo correspondiente – y, consecuentemente, también generar e ir reconociéndole la creatividad, pero no aquella mal entendida y concentrada única y solamente en el arte. De tal manera que – sin siquiera preocuparnos en conceptualizar el término responsabilidad – es como la intención pedagógica de la tarea se va concretizando y conllevando al educando a aprender a valorar su tiempo fuera de la escuela, el mismo sobre el que principalmente vaya dando cuenta del uso y destino para resolver o atender sus asuntos y, entre tantos posibles asuntos, uno específico para la tarea escolar.

Lo que sigue ahora es saber qué tarea escolar. Pues, “investigar”. Pero, no bajo parámetros ni exigencias del método científico – no todavía si lo que no se sabe de tarea escolar recién se está por saber – porque sería más de lo mismo; es decir, desvirtuar la intención pedagógica – por parte del docente – y el consiguiente aborrecimiento y rechazo a las tareas escolares – por parte del educando – convirtiéndose aquello en argumento para medir y descalificar el servicio escolar por parte de los padres de familia.

Sépase que el mundo al que nos vemos rodeados cada uno es una fuente cuantiosa e inagotable de información. Esa información está ávida para ser recogida a través de la experiencia y creatividad. Es más, hoy la tecnología nos la pone más al alcance, a diferencia de lo lejana o trabajosa que fue hace poco nomás para otras generaciones; es decir, hay mucho por saber y es más fácil “investigar” para saber.

Entonces, pongámonos al día, y lo haremos los docentes y las escuelas dejando de hibernar la creatividad pedagógica, empezando por pensar a “discriminar” – entre tanta información – la relevante, de lo irrelevante, para luego atenuarla a los intereses propios de la edad, al nexo con la currícula escolar y a la mayor estimulación del cerebro – más, cuándo hoy se sabe cómo aprende mejor el mismo – de modo que la tarea escolar dé cuenta que no debe volver a ser juzgada sino valorada porque no se trata de abultarla o aminorarla de cantidad, ni continuidad, ni sobreexigencia académica,  sino de calidad pedagógica.  

-       - ¿Tienes tarea? – pregunta la mamá

-       - Sí, mamá. – responde el hijo

-       - ¡¡¡Pero, esta tarea sí que la entiendo y está interesante!!! – alega, con cierto tono de placer, el hijo

He ahí la tarea sobre la tarea que le concierne a quienes nos profesionalizamos en educación escolar.                                 

lunes, 9 de septiembre de 2024

EMOCIONALMENTE DOCENTES - Mg. Edgar Cuya M.




Las emociones no son ajenas a nadie. Se gatillan y aparecen en sus diferentes modalidades, pudiendo regir nuestra conducta y comportamiento, tanto en un sentido favorable y constructivo como desfavorable o destructivo, y a nivel intrapersonal e interpersonal (relaciones sociales).

Cualquier evento suscita que las emociones aparezcan. Tales eventos, entonces, gatillan las emociones. Pero, no es que la emoción a suscitarse sea totalmente dependiente del evento, ya que en parte también habría cierta dependencia de cómo cada uno pueda sentir, expresar y desarrollar el miedo, el afecto, la tristeza, el enojo, la alegría, el asco y la sorpresa, frente a un evento. Siendo todas estas emociones las más comunes y suscitadas principalmente en cualquier ser humano.

Ahora, si dirigimos la mirada hacia los docentes, no cabe duda de que ninguno escapa de las emociones; por tanto, debería surgir el interés y preocupación de las autoridades educativas inmediatas, empezando – por ejemplo – por los de la propia escuela, para saber cuánta implicancia positiva o negativa pudieran estar desatando las emociones sobre el desempeño docente.

Se dice que “cada uno es un mundo”, y lo es porque cada uno puede ser tan igual como tan extremadamente diferente a otro, por todo lo que es y no es, posee y no posee, piensa y no piensa, cree y no cree, vive y no vive y experimenta y no experimenta, en esta vida. Pero, lejos de no importarnos esa diferencia por ser tanta, la ciencia advierte que la misma debe ser tomada en cuenta para saber – no todo –, pero sí algo de “ese mundo”, de cada uno, y más cuando tienen como encargo la educación básica de grupos de niños y adolescentes, día tras día, meses tras meses y años tras años.

La teoría de la complejidad refiere que cuando todo un sistema está visto afectado, debe darse atención a lo que no se toma en cuenta como posible causa, porque se lo cree insignificante. Y, justamente, son a las emociones a las que poca importancia se les ha dado, apartándolas de las posibles causas de las malas enseñanzas o pésimos logros educativos, pese a tanto de lo que se supone se hace por revertir tales resultados.

Las emociones no son más un tema íntimo ni confidencial cuando sus efectos se trasladan a los grupos humanos que se tiene por encargo educar. Y, dígase efectos positivos o negativos, porque los positivos hay que avivarlos, mientras a los negativos sofocarlos.    

Siempre ha habido buenos y malos docentes. Más buenos y unos cuantos malos por ahí siendo la excepción. Pero, hoy, la realidad nos da a saber de que parece estar invertida la cuenta. Y, nuevamente, pese a tanto de lo que se supone se hace por revertir tales resultados. Entonces, es hora de dar atención a los docentes y sus emociones.

Se ha dicho que el inicio es saber algo del mundo de quienes están en la tarea de educar. Y, esto porque es un error quedarse en el nivel de la suposición de cuál sería su mundo fuera de la escuela. No es un modo de inmiscuirse en la vida de los docentes, sino saber de la persona para conocerla e identificar sus eventos que viven más allá de la escuela y puedan estar alentando o perturbando sus conductas y comportamientos a causa de emociones bien o mal gestionadas.

Dado el primer paso, el segundo viene de manera impensada porque conocer algo de su mundo debe conllevar al docente al autorreconocimiento de las emociones que tal vez ni él o ella misma sabía lo abrumaba o qué eventos de su mundo podrían estar gatillando la aparición constante de las emociones. A esta realidad, no escapa el mundo de la propia escuela, como otro escenario, donde diversas situaciones pudieran también estar gatillando la aparición de emociones, generando incluso en los docentes estados de ánimo de interrupción u obstaculización para un buen desempeño.     

En el budismo, la práctica de la meditación conlleva a prestar una atención exclusiva a lo que pudiera permitir – entre tanto – al control de sus emociones. Pero, ya que la ciencia está participando en explicar más sobre las emociones, también trae consigo la propuesta de técnicas de reconocimiento y manejo emocional que bien pueden adaptarse, variarse o reinventarse.

Las emociones son parte de la vida. No hay vida sin emociones. Incluso la vida animal tiene emociones. Por lo tanto, las emociones no son un   obstáculo para vivir porque lo que se nos ha dado es justamente para vivir. No hay emoción mala ni buena. Pero, para quienes somos docentes, no cabe duda de que hay una tarea sin hacer, y esa es identificar nuestras emociones para empezar a aprender a gestionarlas en positivo sobre el desempeño.                        

martes, 30 de julio de 2024

La escuela de hoy

 

Hoy la escuela no es la de ayer, y que no lo sea no está mal porque los tiempos cambian. Sin embargo, el cambio debe ser entendido como evolución; es decir, que la escuela no debe dejar de ser escuela, sino perfilarse hacia su mejoría en el servicio. Jamás distinta, ni peor.

Quienes han tenido y tienen la autoridad para cambiar la escuela, debieron y deben procurar tales cambios, pero siempre bajo el referente del carácter tradicional que, de uno u otro modo, ha legitimado su esencia al haber sido distinguida como: “la escuela: el segundo hogar” o “la escuela: el templo del saber”. Ya que solo así, a cualquiera de las posibles propuestas de cambio, no le estaría permitido arrebatar su esencia.

Aproximadamente desde el año 2000 en adelante, la escuela no educa, sino aparenta educar. Y, no es exactamente que no eduque en sí, sino que no logra enseñar, ni se logra aprender, como dijeron sería, quienes decidieron desterrar al modelo de educación anterior – llámesele tradicional – calificándolo incluso de obsoleto para, y de ese modo, imponer otro modelo basado en el logro de capacidades y competencias. Como parte de esa imposición, y hasta el momento, toda escuela está obligada al denominado “día del logro”, el mismo que supone mostrar o exhibir, no solo que el modelo educativo impuesto es novedoso e innovador, sino confirmar lo caduco del modelo educativo anterior. Pero, pese al ajetreo del profesorado y el sacrificio de los padres de familia – vistos muchas veces asumiendo gastos para la presentación – el dichoso “día del logro”, contrario a su fin, solo viene siendo una muestra y exhibición repetitiva de lo que anteriormente también se hacía en la escuela, sino que ahora en una versión actualizada.     

La escuela de hoy, y a diferencia de ayer, se haya tan sometida a sus órganos superiores de disposición, control y supervisión, que al profesorado lo mantiene extremadamente sumiso o rebelde. Pero, sumiso, en el sentido de no hacer ni más ni menos de lo que dispongan tales órganos. Y, rebelde, en el sentido de declararse en contra de todas las posibles buenas ideas de mejora en el quehacer educativo, muchas veces propuestas por aquellos directores, entendidos en el error de la escuela de hoy y actuando como verdaderos e innovadores lideres pedagógicos.     

La escuela de hoy tiene escrito mucho en el papel y muy poco desarrollado en la práctica porque – como dice un refrán – del dicho al hecho hay mucho trecho. Y esto seguirá ocurriendo mientras la exigencia documentaria siga siendo tal, que mientras más se escriba y lea en el papel, así como más se incorpore al listado de documentos de “la carpeta pedagógica”, solo sirva para satisfago de quienes no quieren advertir que los vergonzosos resultados de aprendizaje y una sociedad degradada por un vaga cultura, escaso conocimiento y déficit de valores de su gente, es porque la escuela de hoy, y vigente desde hace aproximadamente 24 años – no educa, sino aparenta educar. Entonces, no hay peor ciego ni sordo que quien no quiera ver ni oír.

La escuela debe integrar a los miembros de su comunidad, de manera tal que sea vuelta una comunidad educativa.

Al respecto, se empieza con la familia por ser el núcleo de la sociedad. Una buena familia implicará una buena sociedad porque es la reunión de familias o miembros de estas en sus distintos roles, ocupaciones y representaciones. Y, la familia es buena si todos sus miembros son bien educados – claro, en su debido momento – tanto por sus padres como sus maestros. Una familia que no sabe educar a sus miembros es porque en su momento tampoco fue educada, ya sea como persona o parte de la familia de la que antes constituyó como hijo. Sin embargo, aquello no debería convertirse en una especie de vicio hereditario o una echadera de culpas sobre quienes nos antecedieron en la vida, sino el momento oportuno, preciso y justificable para remediarlo y educar o aprender a educar, sino dejarse educar por quienes lo saben hacer.          

La escuela se debe a sus órganos de dirección y supervisión como lo son su propio ministerio, gobierno regional, departamental y/o Ugel.

La familia se debe a las leyes y normas de su sociedad, y que son formuladas, reguladas y controladas por las respectivas y distintas entidades del Estado.

La escuela reúne a las familias, y además de educar a los hijos de estas porque es el lugar y momento oportuno, extiende su servicio a los padres de familia. Aquí yace el meollo del asunto del porqué la escuela de hoy no educa, sino lo aparenta. Es el Estado, a través de quien lo lidera o liderará en un próximo gobierno, quien debe devolver a la escuela su autonomía y autoridad para educar, y la escuela – a través de la opinión del profesorado – garantizar el cómo la autonomía y autoridad le era necesaria, no solo para dejar de aparentar educar, sino educar acorde a los nuevos tiempos y ciertamente de manera integral a nuestros niños y adolescentes. Paralelamente, es el Estado, nuevamente personificado en quien lo pueda liderar en el momento, quien en pocas palabras y directamente al asunto, exhorte públicamente, y en señal abierta, al profesorado y padres de familia a que cada quien atienda lo que les asiste en el derecho como lo que les demanda el deber, debiendo el Estado previamente haberse comprometido a disponer verdaderamente los recursos sobre las necesidades del sector y no seguir malgastando el dinero público en “propagandas”, “favores”, “campañas”, “implementaciones”, “asesorías”, “capacitaciones”, “edición de textos” y todo cuanto demás que ha sido casi siempre ajeno y lejano a la realidad de las necesidades de la escuela pública.   

No pierdo la esperanza que algún día estén donde deben estar quienes son y no quienes aparentan ser.                         

  

        

jueves, 12 de octubre de 2023

Bullying escolar: Al pendiente de los hijos y estudiantes

 

A un nivel tal de saber lo que ocurre con sus hijos y estudiantes en este preciso instante y demás momentos o espacios donde ellos se desenvuelven en sus diferentes roles, ningún padre ni profesor podría estarlo pendiente. Pero, cuando esa realidad se contrasta con haber muchos padres y profesores cuyos hijos y estudiantes sí los creen pendientes de ellos a ese nivel; entonces, debería cuestionarnos, a los adultos, si los destapes del bullying escolar se condicionan con el nivel pendiente de los hijos o estudiantes.   

En el mundo de los adultos se sitúan quienes han transcurrido antes por etapas básicas del aprendizaje, y se supone ser un mundo donde discurren modelos ejemplares de conductas y comportamientos.

En el mundo de los niños y adolescentes se sitúan quienes están siendo formados y educados por adultos, y se supone ser un mundo vigilado por padres y profesores al pendiente de sus hijos y estudiantes.

Sin embargo, en ambos mundos no sucede tal cual se supone porque en el mundo de los adultos son menos las evidencias de modelos ejemplares de conductas y comportamientos. Mientras que, en el mundo de los niños y adolescentes, son más las evidencias de menos adultos estando al pendiente de sus hijos y estudiantes. Entonces, es evidente que somos los adultos quienes debemos reflexionar y proceder o actuar de modo distinto en ambos mundos, ya que solo así la formación y educación básica de nuestros niños y adolescentes no seguirá dando mayores muestras de conductas y comportamientos inapropiados y hasta funestos.        

El hogar y el colegio son espacios de convivencia en donde los niños y adolescentes son estimulados por padres y profesores, respectivamente, para experimentar sus aprendizajes formativos y básicos.

En el hogar la responsabilidad recae en lo padres, y no hay excusa que valga su desatención porque los hijos son su entera responsabilidad. De tanto que merecen los hijos, por innata naturaleza humana y derechos universales o del niño y adolescente, están su formación y educación básica. Lo que obliga a los padres a procurarles los primeros espacios y momentos sanos de experiencias de vida familiar. Si bien estas primeras experiencias de aprendizajes no son escolarizadas si pueden atender una intención, dedicación, preparación, programación, supervisión y constancia. Las primeras experiencias de vida familiar y demás aprendizajes obligan a los padres a mantenerse al pendiente de los hijos porque son principalmente su modelo de vida, su guía, su protector, su entrenador, su facilitador y su filtro ante los múltiples estímulos que los rodean, y los cuales no se les quita, niega o evita, sino se filtra u orienta. Es de este modo que los hijos van asimilando que sus padres están al pendiente y a un nivel de saberlo todo de ellos. Lo que no es lo mismo al engreimiento exagerado, ni la sobreprotección, ni mucho menos la sumisión, siendo esta última en la que incurren habitualmente muchos padres cuando suelen llamar a sus hijos “mi rey” o “mi reina”. Porque el resultado de una crianza de este tipo genera hijos dominantes, antojadizos, rabiosos, violentos, egoístas, discriminadores o groseros, así como pasivos, atontados, miedosos, influenciables o derrotados.

En el colegio la responsabilidad recae en los profesionales de la educación. En todos quienes lo integran o están al frente del mismo, y no solamente en los profesores con carga horaria en una determinada aula de clase. En el colegio, profesor o no, son todos los adultos quienes deben estar al pendiente de los estudiantes desde el área o la función que cumplan dentro de la institución. A diferencia del hogar, en el colegio la labor de educar es encargada, pero eso no lo hace una responsabilidad menor sino mayor porque dicho encargo se supone estar dado a personas especializadas por su respectiva profesionalización docente, psicológica y psicopedagógica. Por tanto, toda o casi toda la marcha institucional está obligada a planearse, pero no en el sentido de incrementar la papelería ni despegar los pies del piso, sino hacer un plan sujeto a las condiciones de las características de su población estudiantil y familiar para que su intención pedagógica aproveche, fortalezca y/o modifique tales características porque de eso se trata la educación.            

Un buen hogar o colegio no es exactamente tener a hombres y mujeres perfectos e ideales como padres o profesores, sino a buen hombre y una buena mujer en su rol de padre o profesor. Y, es un buen hombre o buena mujer quien vive y convive dando siempre ejemplos de vida sobre todo aquello justamente evitando que él, tú y yo no seamos ni hagamos cosas malas.

Al pendiente de los hijos y estudiantes quiere decir entonces que tanto padres como profesores deben convencer, persuadir, predisponer o inducir a sus hijos o estudiantes a que ellos los crean al pendiente de sus actos o accionar que, a simple vista, son malos y de consecuencias negativas para ellos y/o los demás. Lo que no es lo mismo el extremo de generar una dependencia total cuando los actos de los padres convencen a sus hijos que a ellos no les corresponde nada por hacer. Tampoco el otro extremo de generar una sobreprotección cuando los hijos también llegan a creer que pueden hacer todo cuanto se les antoje (bueno o malo). Cualquiera de los extremos se vuelve un peligro para la sana convivencia con sus pares en el colegio cuando los profesores prefieren mantenerse indiferentes a la dependencia o sobreprotección. Por el contrario, deben trazar un plan estratégico psicopedagógico, tanto para padres como profesores, no importando si el porcentaje de casos es mínimo en el colegio.

A los hijos o estudiantes hay que enseñarles el significado de la precaución con todos sus ejemplos posibles. Hay que enseñarles a saber inhibirse sobre lo que no es correcto, procurando habilitar su capacidad crítica sobre todo posible mal acto que se le pudiera ocurrir a otros y a ellos mismos en contra de quienes conviven o se relacionan con ellos. Hay que enseñarles el sentido de autoridad que representan los padres en el hogar y lo profesores en la escuela. Eso es básico porque la vida del hombre siempre está dependiente de una autoridad que protege, vigila, controla, conoce, sabe, enseña, invita a la reflexión, perdona, motiva, lidera, soluciona conflictos y premia; pero, también en ocasiones sanciona y castiga.      

Convencer a los hijos y estudiantes que sus padres y profesores están al mínimo pendiente de sus actos – sobre todo aquellos no buenos – se logra con adultos esforzados en reprimir o controlar sus mayores defectos, debilidades o malas reacciones para modelar ante sus hijos o estudiantes como hombres o mujeres de una vida sana, laboriosa, atenta a sus obligaciones, preocupada, feliz, etc. Y, todo ello con el principal ingrediente de la autoridad, así como la disciplina y hasta el posible rigor sobre asuntos que merecen la atención del niño o adolescentes sobre sus obligaciones y deberes conforme va conviviendo con otros fuera de su núcleo familiar. Por ninguna razón la autoridad, la disciplina o el rigor debe sembrar terror o cobardía, sino responsabilidad, respeto y compromiso, y aunque algunos digan que nuestra conducta o comportamiento no se condiciona, estamos condicionados incluso hasta por la propia naturaleza.                         

martes, 5 de septiembre de 2023

"De la travesura al delito"


De la travesura al delito

Los noticieros, y sus noticias, nos escandalizan cada día con tanta exhibición de delitos por doquier. Pero, de ahí a que los escolares sean el centro de tales noticias, nos espanta y asusta porque se los supone el futuro de la sociedad. Entonces, el asunto se torna grave, y es cuando el gobierno de turno (poder ejecutivo) y congresistas (poder legislativo) deberían obligarse a dar cuenta sobre lo pobre o precaria de su gestión, porque no funciona o funciona mal.

La población, entre tanta, la adolescente en edad escolar – salvando excepciones - está asimilando los malos ejemplos de los adultos, no solo como actos comunes y corrientes, sino replicándolos en cualquiera de sus espacios de convivencia. Lo que no podemos permitir, sino será el delito lo que reemplace a la chiquillada o pillería ingenua y candorosa con la que se describe la travesura propia de niños y adolescentes.       

La obligación de dar cuenta sobre sus posibles malos ejemplos también recae en la familia y se extiende hasta la escuela, porque atañe a todos quienes educan. Así como en quiénes son los responsables de la política y los lineamientos de la educación básica escolar.   

A nivel familiar y escolar, todo eso posible y malo ocurriendo en los hogares y las escuelas – nuevamente salvando excepciones - no es simple casualidad ni espontaneidad. La familia y la escuela están entrelazadas en una razón de causa y efecto. Entonces, si la política educativa no integra, sino enfrenta, la familia y la escuela seguirán justificándose, culpando una a la otra.

En el hogar, se requiere de padres presentes en la vida de sus hijos (aunque no convivan bajo el mismo techo). Describiéndose esa presencia en el interés y preocupación del padre o madre por servir de buenos ejemplos para sus hijos, y por lo que ellos asimilen el aprendizaje de capacidades y valores con los cuales crezcan, se desarrollen, surjan y compitan sanamente en sus vidas. Asimismo, se requiere de padres que dejen educar a quienes tienen el profesionalismo y encargo de hacerlo.       

En la escuela, son principalmente los adolescentes, quienes le han ido perdiendo el temor a las llamadas de atención verbal o anotadas en una esquela o cuaderno de control. Le han perdido temor a sacar malas notas en el examen, a reprobar un curso o asignatura, a que se le cite a su padre o madre al colegio por reiteradas conductas impropias. Incluso, hasta a la posible repitencia o separación de la institución. Pero, nada de aquello por causa de ser otros tiempos, sino por un modelo educativo – implantado desde hace más de dos décadas en reemplazo del modelo tradicional – habiendo malinterpretado extremadamente que tales asuntos son atentados en contra de los derechos y autoestima del niño y adolescente.  Entonces, ya ni siquiera por esos condicionantes el estudiante se ve sujeto a la reflexión u obligado a reparar en sus conductas, comportamientos y actitudes de mejora personal y respeto hacia los demás. Tampoco, a la responsabilidad de asumir las consecuencias de sus actos, a preocuparse por su bienestar propio o interesarse por sus estudios. Lo que no quita la capacidad profesional de los docentes de saber motivar, con distintas estrategias y técnicas, a sus estudiantes sobre todo aquello. Sin embargo, nadie podría negar el tratamiento de casos justamente por los que se han prescrito los reglamentos, las normas y las leyes, a modo de prevención, regulación y control sobre la conducta y comportamiento del hombre, a cualquier edad y en cualquiera de sus espacios de convivencia.

A todo nivel están prescritos los reglamentos, las normas y las leyes, comprendiendo tanto el derecho como deber. Pero, el error que se viene incurriendo al respecto, y este desde la primera autoridad, no solo es cuanto a la sobrevaloración de los derechos – pareciendo despojar a cualquier sujeto de sus deberes -, sino en cuanto a esa especie de omisión - vuelta casi una alcahuetería -sobre la malinterpretación, aún no aclarada a la toda la población, y por la que muchos vienen actuando sin reparo, ni advertencia, ni remordimiento de lo que hacen, justificándose en el ejercicio de sus derechos, aun estos sobrepasen y hasta pisoteen el derecho del otro. Entonces, y sin quitar la parte de culpa que les toca a los malos docentes, es cuando nos espanta enterarnos de estudiantes amenazando con un arma de fuego sobre la cabeza a su profesora. A otros, y de “colegio de paga”, comercializando fotografías de desnudos con los rostros de sus compañeras de clase. Ni que decir del imperante bullying escolar, con casos extremos de agresión psicológica hasta por el cual sus víctimas han optado por el suicidio. Recientemente, a una estudiante desfigurándole el rostro de la compañera con una cuchilla. Y, en lo que está vuelta una mala conducta y comportamiento – común y corriente - de muchos adolescentes, sin posibilidad, ni respaldo de las autoridades de aplicar los correctivos, cuando deciden negarse a cumplir cualquier mínima indicación del docente en clase, bajo su simple argumento de no darle la reverenda gana de obedecer.  

Hay que ponerle un alto, y en buena parte funciona aquello de que basta con el ejemplo, solo así muchos podrán entender que si no hace eso de malo que se le pueda estar ocurriendo no le pasará lo mismo a quien ya fue sancionado por lo mismo.          

        

domingo, 16 de julio de 2023

“LA ESCUELA NO PARECE SER MÁS EL SEGUNDO HOGAR”

 

No sé cuándo, ni quién puso en boga aquello de que la escuela era el Segundo Hogar. Pero, si sé que parecía funcionar como tal, en el sentido aquel de encontrar, fuera de casa, a otras figuras adultas con carácter paternal y amical, repitiendo los mismos y tantos consejos y advertencias que solemos oír los hijos de los padres acerca de la importancia del estudio y el saber comportarnos como muchachos de bien. 

En la escuela te ponen a un tutor o tutora al frente del aula y/o sección – otras hasta un “cotutor” – a quienes los suponemos distintos al común profesor de curso, asignatura o área curricular. Y, al parecer, designados sin otra mayor preocupación que cumplir con la norma. Pero, hay algo que la escuela sigue pasando por alto o dando por hecho, y es que – en primer lugar – no debería dejar suponer, sino hacer saber, tanto a los estudiantes como los padres de familia: quién es la persona con el encargo de tutor o tutora, qué es serlo y que autoridad le es otorgada. En segundo lugar, y vista la realidad que se tiene enfrente, la escuela debería mostrarse con mayor preocupación siempre que, directa e indirectamente, estuviera dando por hecho que el profesor, con la sola condición de padre o madre, se lo suponga un buen tutor o tutora. Al respecto, consideremos el hecho de que los padres de familia aprenden a ser padres en la marcha; entonces, y en lo que pueda estar comprendida la comparación, dicha condición no garantizaría la calidad del tutor o tutora. Lo que deben hacer las escuelas es innovar su gestión con la propuesta de un plan de autoformación de profesores en calidad de tutores. De ese modo, hasta sus “escuelas de padres” serían interesantes y de gran acogida.

Los tiempos son otros, pero los educadores no debemos permitir que los resultados de la educación sean contrarios al buen nivel de enseñanza y aprendizaje, a las buenos hábitos y costumbres y al don de gente.

Hoy, se sabe de la fragilidad y las posibles amenazas en la que se ve expuesto el profesor ante el uso de su autoridad sobre los estudiantes, pero la escuela – ni, aun así – debe dejar de ser el Segundo Hogar.      

El simple hecho de poner tutores en las aulas no creo le haya bastado a la escuela para alcanzar el reconocimiento de Segundo Hogar, y sí creo que la escuela fue reconocida como tal porque, además de ser el recinto del saber, el profesor podía ser apreciado por sus alumnos tan igual como un padre o madre por sus hijos. Lo que da a entender que la labor docente se extendía a mayores preocupaciones que el dictado de clases. Definitivamente, sin extremos y de mutua reciprocidad, y eso se supone lo sabe hacer la escuela porque todo quehacer educativo es intencional y se debe previamente a planes. 

Desde que el hombre se educa se lo entiende más humano, mejor persona y buen ciudadano. Lamentablemente no es la generalidad, sino la excepción, y eso está pasando porque la escuela no parece ser más el Segundo Hogar.

En el presente año, se les ha propuesto a las escuelas orientar su gestión en base a su autonomía e innovación; por tanto, no solamente el balón ha sido puesto en su cancha, sino se espera que no se patee por patear.