domingo, 12 de octubre de 2014

“A mal entendedor, ¿cuántas palabras?”



Preocupa y agota el intelecto estar siendo incontable la cantidad de personas adultas a las que por más explicaciones “didácticas” que se les pueda dar sobre tema alguno, NO ENTIENDEN.

Está ocurriendo que uno de los factores de tanta insensatez e intransigencia es el “mal entendido” conocimiento del derecho ciudadano en el ejercicio de quienes,  conllevados por el mismo, no sólo fracturan el sentido elemental de la comunicación entre seres racionales, sino que la hacen suya para, unilateralmente, arrollar a otros con una desconcertante y excitada verborrea que puede resultar su propia condena.  Y, ni que decir de quienes, en retrospectiva a la civilidad, “toman la ley por sus propias manos”.     

El conocimiento sobre el derecho de la persona se aprende y se ejercita desde la escuela. El derecho jamás es unilateral porque quien lo pretende ejercer se obliga a reparar en quien es el otro involucrado en dicha interrelación y, así, en viceversa. Sin embargo, está ocurriendo que, en temas simples y cotidianos de interrelación humana, quienes se sienten en derecho no admiten diálogo y se ciegan en una obstinación capaz de cansar a quien buena y educadamente está haciéndola entender.

Traigo a colación un hecho real descrito en un edificio de departamentos cuya antigüedad de su construcción data desde hace más de 70 años. Ocurre que, a  saber pleno de sus propietarios, las tuberías de agua amenazaban con colapsar debido a la cantidad de óxido acumulado en su interior, al ser éstas de fierro. Advertidos del caso, el colapso, descrito en un atoro, empezó por la tubería de uno de los departamentos del piso superior del edificio. Hoy, “a mal entendedor, ¿cuántas palabras?” porque nadie quiere entender ni asumir lo que coloquialmente se dice… “nada de nada”. Todos, irresponsable y obcecadamente, se han sentido con derecho a culpar del colapso al propietario del departamento del piso superior, y a él le reclaman que no haya agua, despotricando hasta la amenaza de aquejarlo ante una autoridad. Sobre el caso, espero que de involucrarse una autoridad, ésta sepa preguntar para no ser sorprendida, y enterada del mismo “ubique” a todo posible quejoso.

Basta de la promoción excesiva de los derechos sin ser ésta advertida que “derecho y deber” no actúan por separado. Quien se sienta en derecho se obliga a deberes y viceversa. En la escuela aprendí y, como educador, así lo aprenden mis alumnos, que cuando la persona es menor de edad su derecho a un nombre propio, a la salud, a la alimentación, a la educación y a la vivienda, tal vez olvide alguno, se exigen como derechos sin obligar deberes. Cuando se es adulto, los derechos se ejercen mediando las obligaciones de acuerdo a lo que se está pretendiendo, y viceversa.

                                                                                        Edgar Andrés Cuya Morales
                                                                                                             Pedagogo                   

                                                                                 elsegundohogar.blogspot.com

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