Preocupa y agota el
intelecto estar siendo incontable la cantidad de personas adultas a las que por
más explicaciones “didácticas” que se les pueda dar sobre tema alguno, NO
ENTIENDEN.
Está ocurriendo que uno
de los factores de tanta insensatez e intransigencia es el “mal entendido” conocimiento
del derecho ciudadano en el ejercicio de quienes, conllevados por el mismo, no sólo fracturan el
sentido elemental de la comunicación entre seres racionales, sino que la hacen
suya para, unilateralmente, arrollar a otros con una desconcertante y excitada verborrea
que puede resultar su propia condena. Y,
ni que decir de quienes, en retrospectiva a la civilidad, “toman la ley por sus
propias manos”.
El conocimiento sobre el
derecho de la persona se aprende y se ejercita desde la escuela. El derecho
jamás es unilateral porque quien lo pretende ejercer se obliga a reparar en
quien es el otro involucrado en dicha interrelación y, así, en viceversa. Sin
embargo, está ocurriendo que, en temas simples y cotidianos de interrelación
humana, quienes se sienten en derecho no admiten diálogo y se ciegan en una obstinación
capaz de cansar a quien buena y educadamente está haciéndola entender.
Traigo a colación un
hecho real descrito en un edificio de departamentos cuya antigüedad de su
construcción data desde hace más de 70 años. Ocurre que, a saber pleno de sus propietarios, las tuberías
de agua amenazaban con colapsar debido a la cantidad de óxido acumulado en su
interior, al ser éstas de fierro. Advertidos del caso, el colapso, descrito en
un atoro, empezó por la tubería de uno de los departamentos del piso superior
del edificio. Hoy, “a mal entendedor, ¿cuántas palabras?” porque nadie quiere
entender ni asumir lo que coloquialmente se dice… “nada de nada”. Todos,
irresponsable y obcecadamente, se han sentido con derecho a culpar del colapso
al propietario del departamento del piso superior, y a él le reclaman que no
haya agua, despotricando hasta la amenaza de aquejarlo ante una autoridad.
Sobre el caso, espero que de involucrarse una autoridad, ésta sepa preguntar
para no ser sorprendida, y enterada del mismo “ubique” a todo posible quejoso.
Basta de la promoción
excesiva de los derechos sin ser ésta advertida que “derecho y deber” no actúan
por separado. Quien se sienta en derecho se obliga a deberes y viceversa. En la
escuela aprendí y, como educador, así lo aprenden mis alumnos, que cuando la
persona es menor de edad su derecho a un nombre propio, a la salud, a la
alimentación, a la educación y a la vivienda, tal vez olvide alguno, se exigen
como derechos sin obligar deberes. Cuando se es adulto, los derechos se ejercen
mediando las obligaciones de acuerdo a lo que se está pretendiendo, y
viceversa.
Edgar Andrés Cuya Morales
Pedagogo
elsegundohogar.blogspot.com

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