Sin
haber señalización que lo prohibiera, alguien con su auto dio vuelta en “u” en una
avenida, y tomó otro rumbo. Habiendo señalización que lo prohibiera, ese mismo alguien,
con su mismo auto, dio vuelta en “u” en otra avenida y, nuevamente, lo hizo
para tomar otro rumbo.
Dentro
de sus principios, la ley prescribe que toda persona puede hacer lo que ésta,
propiamente, le permite o, no le prohíbe. Pero, a diario y, aseguro, cada
momento, ocurre que muchos, quienes están al volante, trastocan dicho principio,
a punto tal, que “no hacen lo que la ley les permite, sino lo que ésta les prohíbe”.
Así,
podría definir a otra de nuestra realidad con la que hay que lidiar. Y, vista
la desatención a la desnaturalización cívica de dichos conductores y, también, ciertos
peatones, habrá que seguir soportando o ignorando a los “amos y señores de las
pistas”. Aunque, sin mentir, ganas no me faltan de ponerlos en su lugar a manera
de quien entrena a los animales feroces.
Alguna
vez, a todos estos amos y señores de las pistas, se les enseñó en la escuela el
sentido básico de las señales de tránsito. Y, tal vez, alguno hasta pudo
dibujarlas en una cartulina o hacer una maqueta de su ciudad en la que incluía
a las señales de tránsito. Habría que preguntarse si hicieron o no la tarea
porque si la hicieron, entonces no la aprendieron.
De
adultos, a todos estos amos y señores de las pistas, se los obligó a identificar
las distintas señales de tránsito. Incluso, en la prueba de manejo, se los
obligó a respetarlas. Pero, la realidad indica que el trámite para la obtención
de la licencia de conducir no es ni tiene objeto educativo porque, a simple
vista, se podría considerar una valla que sólo hay que saltarla sin importar si
hubo lección aprendida o no. Imaginemos, entonces, qué nos queda esperar de
quienes obtuvieron y/o estarán tramitando su licencia sin haber aprendido una
lección, aunado a lo que no aprendieron
en la escuela
Sin
exagerar, la ciudad está invadida por el desorden vehicular conllevado al caos.
No cesan ni disminuyen los accidentes, choques o cualquiera de las otras
desgracias que la pérdida de la cultura cívica en este aspecto las provoca. El
colmo del caos no es uno, sino varios. En uno de los colmos, habría que decir
que estos amos y señores de las pistas hacen lo que la ley le prohíbe, muchas
veces, a vista y paciencia de la autoridad policial. En otro de éstos,
infractor y afectado, son tratados con la misma vara severa de la ley, a pesar
de haber prueba contundente para identificar quien es quien. Y, así podría
seguir describiendo más colmos que nadie ignora porque es o ha sido víctima de
tanta incivilidad.
Edgar Andrés Cuya Morales
Pedagogo
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