martes, 14 de octubre de 2014

“Amo y señor de las pistas”



Sin haber señalización que lo prohibiera, alguien con su auto dio vuelta en “u” en una avenida, y tomó otro rumbo. Habiendo señalización que lo prohibiera, ese mismo alguien, con su mismo auto, dio vuelta en “u” en otra avenida y, nuevamente, lo hizo para tomar otro rumbo.

Dentro de sus principios, la ley prescribe que toda persona puede hacer lo que ésta, propiamente, le permite o, no le prohíbe. Pero, a diario y, aseguro, cada momento, ocurre que muchos, quienes están al volante, trastocan dicho principio, a punto tal, que “no hacen lo que la ley les permite, sino lo que ésta les prohíbe”.

Así, podría definir a otra de nuestra realidad con la que hay que lidiar. Y, vista la desatención a la desnaturalización cívica de dichos conductores y, también, ciertos peatones, habrá que seguir soportando o ignorando a los “amos y señores de las pistas”. Aunque, sin mentir, ganas no me faltan de ponerlos en su lugar a manera de quien entrena a los animales feroces.

Alguna vez, a todos estos amos y señores de las pistas, se les enseñó en la escuela el sentido básico de las señales de tránsito. Y, tal vez, alguno hasta pudo dibujarlas en una cartulina o hacer una maqueta de su ciudad en la que incluía a las señales de tránsito. Habría que preguntarse si hicieron o no la tarea porque si la hicieron, entonces no la aprendieron.

De adultos, a todos estos amos y señores de las pistas, se los obligó a identificar las distintas señales de tránsito. Incluso, en la prueba de manejo, se los obligó a respetarlas. Pero, la realidad indica que el trámite para la obtención de la licencia de conducir no es ni tiene objeto educativo porque, a simple vista, se podría considerar una valla que sólo hay que saltarla sin importar si hubo lección aprendida o no. Imaginemos, entonces, qué nos queda esperar de quienes obtuvieron y/o estarán tramitando su licencia sin haber aprendido una lección,  aunado a lo que no aprendieron en la escuela

Sin exagerar, la ciudad está invadida por el desorden vehicular conllevado al caos. No cesan ni disminuyen los accidentes, choques o cualquiera de las otras desgracias que la pérdida de la cultura cívica en este aspecto las provoca. El colmo del caos no es uno, sino varios. En uno de los colmos, habría que decir que estos amos y señores de las pistas hacen lo que la ley le prohíbe, muchas veces, a vista y paciencia de la autoridad policial. En otro de éstos, infractor y afectado, son tratados con la misma vara severa de la ley, a pesar de haber prueba contundente para identificar quien es quien. Y, así podría seguir describiendo más colmos que nadie ignora porque es o ha sido víctima de tanta incivilidad.
                                                                           
                                                                                         Edgar Andrés Cuya Morales
                                                                                                                   Pedagogo                   
                                                                                 

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