Hay una cosa simple de la vida capaz de llenarnos de paz, y hacernos olvidar,
por un momento, de que las cosas andan mal para mí, para ti, para él o para
todos. Ésta no es la palabra, ni el dinero, ni cualquier otra cosa distinta a
una simple sonrisa. Y, una simple sonrisa es aquella descrita con en el solo gesto
facial en el que se ponen en acción 17 músculos hallados arriba, abajo y en el
extremo derecho e izquierdo de la boca. Considerando lo dicho, tal vez sólo
haya bastado cuantificar el dato para crear oposición por el que se diga que si
cuesta sonreír. Aún así, no está mal ni podemos evitar que existan opositores.
Qué bonito
es que alguien te sonría. Más bonito es que tú y yo sonriamos. Nos pueden sonreír
y, también, podemos sonreírle hasta a quienes no sólo resulten ser nuestros
conocidos. Sí, acepta una sonrisa y devuélvela
con otra sonrisa… tu sonrisa. Pero, el límite es ese porque más allá del límite
se disponen la coquetería, la picardía o la desconfianza, y en este campo sucumbe
una alerta y, categóricamente, un acto contrario al sentido de una simple y sana
sonrisa.
Escuché decir
por ahí a una promotora de productos de belleza que le decía a su clienta que
trate de no sonreír tanto porque se acentúan sus líneas de expresión. Lo que le
decía en claro era que no sonría porque se arruga. ¿Será por eso qué no
sonreímos? No creo. Sonreír no envejece, nos extiende el tiempo de vida. Y, así
no lo extendiera nos ayuda a vivir mejor.
La sonrisa
es distinta a la risa o carcajada. Quien se ríe o carcajea es feliz, pero no se
es feliz ni te alarga la vida reír o carcajearte de otro si acompañan el dardo
venenoso de la burla. Si te ríes o carcajeas de otro, y ese otro se ríe y carcajea
contigo, ambos si son felices y aseguran en algo ese tiempo extra de vida.
Entonces,
sonriamos, riamos o carcajeémonos, que sin pisar campos de alerta o de la insana
burla, todo andará mejor.
Edgar Andrés
Cuya Morales

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